miércoles, 18 de diciembre de 2013

LA CRISIS INTEGRAL

Queridos amigos:

El estudio de un tema social se puede encarar desde un punto de vista descriptivo, si nos limitamos a relatar el fenómeno, desde un punto de vista analítico si consideramos sus causas y consecuencias, y desde un punto de vista normativo si fijamos  un objetivo o modelo deseable y proponemos modos de acción para acceder  al mismo. En Argentina asistimos a una grave crisis integral que se evidencia en una rápida decadencia económica, un descalabro en el funcionamiento de las instituciones y, recientemente, una suerte de estado insurreccional en potencia que deviene en acto a través de estallidos de violencia, saqueos, robo y vandalismo  en cuanto encuentra una concentración humana o un relajamiento del aparato represivo, para manifestarse. Lo más grave del tema  es que el gobierno que ha generado estas situaciones, con su incompetencia y su ideología, al enfrentar las consecuencias de sus errores se limita a describir y buscar culpables, sin un  atisbo de responsabilidad ni una propuesta seria  de solución alguna. Esta actitud es una lápida para cualquier esperanza de cambio.


Sabido es que las fuerzas policiales, las fuerzas de seguridad y las fuerzas armadas no están legalmente habilitadas para agremiarse. Sus problemas salariales y demás condiciones laborales llegan al poder político a través de sus superiores jerárquicos, pero estos, que son nombrados o despedidos sin necesidad de trámite o justificación, carecen de capacidad negociadora. Imaginen que en una paritaria la parte patronal pudiera echar al delegado gremial si no le gustan sus planteos y tendrán una idea de lo endeble de esta situación.

Esta cuestión puede solucionarse fácilmente “enganchando” a los servidores públicos uniformados con otro escalafón, de modo que sus incrementos salariales sean automáticos. También se pueden fijar las escalas salariales a partir de la equiparación de los jefes de las fuerzas con los funcionarios civiles. Como dato, les aporto que “El Orden de Precedencia Protocolar de la República Argentina” establecido por el Decreto 2072/93  y sus modificaciones, en su Artículo 2°, ubica al Jefe de Estado Mayor  Conjunto y a los Jefes de Estado Mayor de las Fuerzas Armadas inmediatamente por debajo de los Ministros del Poder Ejecutivo Nacional y encima de los Ministros de la Corte Suprema de Justicia (excepto su presidente) y de los Secretarios de Estado (¿sorpresa?). Por su parte, el  Jefe de la Policía  Federal, el Director General de Gendarmería y el Prefecto Nacional Naval, están inmediatamente a continuación de los Subsecretarios de los Ministerios del Poder Ejecutivo Nacional. Esto brinda un parámetro de comparación inicial a partir del cual se podrían fijar las escalas salariales sin mayor conflicto.


Sin embargo, lo que hicieron las autoridades nacionales y los gobernadores a su nivel, fue  aprovechar la debilidad negociadora de los uniformados para fijar sueldos básicos que, según se hizo evidente, eran absolutamente inapropiados para la dureza y naturaleza de sus sacrificadas y riesgosas funciones. Por ello,  el reclamo que surgió en la policía de Córdoba tuvo su origen en la mezquindad de los gobernadores y la forma en que se manifestó fue propia de quienes no tenían alternativas dentro del sistema orgánico. La extensión posterior del problema debe atribuirse a la decisión inicial  del gobierno nacional de no enviar a la gendarmería para brindar alternativas de control, por razones políticas, obligando al Gobernador De la Sota a negociar desde una base de debilidad lo que no había querido tratar buenamente  y abriendo la posibilidad del reclamo a todas las policías provinciales  que estaban en similar situación que la cordobesa.


Dicho esto nos preguntamos, ¿debemos aceptar con naturalidad que el hecho de que las fuerzas policiales estuvieran coyunturalmente fuera de las calles justifique la ola de saqueos, violencia y devastación que se desató sobre la ciudadanía en cada provincia? Por cierto que no. Es previsible que si no está la policía en la calle los que viven del delito puedan operar con impunidad. Pero lo que vimos, no fue a pequeños grupos de delincuentes sino a  miles de vándalos lanzados contra los bienes de los ciudadanos sumando violentas agresiones, incendios y un nivel de crueldad que desbordaron toda previsión. En Tucumán, provincia en que se  llegó a los más altos niveles de desenfreno, se atacaron casas de particulares y los vecinos y comerciantes tuvieron que armarse y repeler  por sí mismos las agresiones, volviéndonos a un estado de salvajismo y primitivismo inconcebible para el desarrollo  de nuestra civilización.


Atribuir esto a los auto-acuartelamientos policiales es una burda excusa y un lamentable engaño. En la Ciudad de Buenos Aires, pese a la confluencia de policías de dos jurisdicciones, el festejo del día del “hincha del Club Boca Juniors” facilitó el marco de  concentración humana propicio para que los vándalos rompieran, rapiñaran  y devastaran el centro de la ciudad, demostrando que cualquier excusa es buena para que aflore la enfermedad social que afecta a una parte significativa de nuestra población, que fue incentivada durante años a salir a las calles con la garantía de impunidad que le otorgó un Estado permisivo y ausente a la hora de brindar seguridad.


Si es duro y doloroso reconocer estos síntomas en nuestra propia gente, en una parte de nuestros conciudadanos, en compatriotas y habitantes de un mismo suelo y una misma patria, lo que más nos perturba son ciertos signos de que este gobierno ha cerrado toda posibilidad de cambio mientras dure su imperio. Uno de estos signos, muy visibles, lo dio la señora presidente durante el Acto de celebración de los 30 años de democracia. Luego del ya clásico rosario de excusas en que se acusó a los policías de extorsionar a los gobernadores y debilitar a la democracia y de la aún más clásica retahíla de elogios a su propia gestión, Cristina Fernández se permitió tañer instrumentos de percusión y bailar, expresando una insólita alegría, cuando los muertos en los enfrentamientos ciudadanos ya sumaban más de diez y el vandalismo seguía sembrando la zozobra  en toda la Argentina. Fue como si luego de recitar su parte en la escena presidencial, diera suelta a su verdadera naturaleza,  irreflexiva y desconectada de la realidad nacional, rodeada de artistas que poco tenían que hacer en esa jornada que debió ser de compromiso y reflexión.


Si ese signo nos consternó, porque fue la evidencia de que  no podemos esperar del gobierno una digna asunción de sus responsabilidades, el gesto de la procuradora Alejandra Gils Carbó de apartar al fiscal José María Campagnoli de la investigación del caso del empresario Lázaro Baéz  y pedir  su suspensión y juicio, nos demostró  que ese mismo gobierno  no está dispuesto a permitir que la justicia lo investigue mientras tenga  poder para evitarlo. Con una mayoría en la Cámara de Diputados y Senadores que  lo libra del riesgo de un juicio político, que en otras circunstancias sería ineludible, el Frente para la Victoria marcha impávido entre saqueos y denuncias de corrupción no investigadas hacia su destino final.


Ese destino, que tiene fecha de vencimiento en el 2015, deberá todavía enfrentar la dura prueba de la decadencia económica agravada ahora  por la puja salarial que los aumentos policiales han incentivado. También en el área económica las expectativas de una racionalidad, que el cambio de gabinete había alentado, se derrumbaron al observar que  el nuevo equipo económico insiste en ocultar los índices de inflación (2,4 por ciento de las consultoras privadas contra el 0,9 el INDEC en noviembre) al menos hasta que  el FMI  los obligue a asumir la realidad en marzo del 2014. Los cambios del Jefe de Gabinete, del Ministro  de Economía, del presidente del Banco Central, del odiado Secretario de Comercio, del irrelevante Ministro de Seguridad y el incomunicado Ministro de Agricultura, Ganadería y Pesca,  diluyeron su efecto  en menos de un mes y de paso se llevaron  el prestigio del precandidato presidencial Jorge Capitanich. Pocos deben recordar el nombre de la ignota Ministra de Seguridad, María Cecilia Rodríguez, a pesar de haberse vivido una crisis propia de su área, y todavía faltan más de dos semanas para que comience el año 2014, posiblemente el más difícil en la historia del gobierno del matrimonio Kirchner.


El diagnóstico está  formulado. Estos funcionarios, con su mentalidad, su ideología, su obcecación y su obsecuencia, solo pueden aspirar  a administrar la decadencia hasta que lleguen las próximas elecciones generales y rogar para que los trastornos sociales no se los engullan antes. Quienes los sucedan, deberán asumir que además de encontrar un país en una crisis integral tendrán que encarar un profundo cambio de paradigmas para modificar la destructiva tendencia histórica a marchar hacia el abismo.

Por razones personales y familiares este será  mi último informe de este año. Como cabeza de un partido político no quiero despedirme  sin esbozar  al menos parte del proyecto por el que luchamos y seguiremos bregando para avanzar en el cambio que propugnamos.


La crisis social  comenzará a revertirse con un cambio en la formación de los jóvenes. La escuela debe prepararlos para vivir en un ambiente de normas y leyes, de premios y castigos otorgados según las conductas y el esfuerzo realizado. La inclusión no se alcanzará porque todo sea gratis y fácil sino porque a través del esfuerzo y el trabajo, cada uno pueda obtener aquello que sea capaz de conseguir en un ambiente de igualdad de oportunidades y de derechos asumidos con responsabilidad.


Tenemos que defender a la familia, reconocer el valor de la defensa de la vida desde la concepción y del matrimonio consumado entre un hombre  y una mujer. El Estado no debería arrogarse el derecho de educar inconsultamente según principios ajenos a los valores morales de las familias que envían a sus hijos a los colegios públicos o privados.


Debemos unirnos en la lucha contra la producción, el tráfico y el consumo de drogas y su prevención. No tenemos que bajar los brazos porque nos digan que es una batalla perdida. Recuerden que hace 30 años nos mostraban mapas teñidos de rojo y nos contaban que el triunfo final del comunismo  era ineludible y sin embargo  nuestra generación vio caer el muro de Berlín y colapsar a la Unión Soviética ante el peso de sus contradicciones.


Volvamos a permitir que los argentinos liberen el espíritu de empresa y produzcan con libertad en la industria y en el campo, haciendo que el Estado retorne a su función de árbitro, regulador y equilibrador de la economía. Nuestro país posee  un fuerte  y experimentado sector gremial capaz de defender con firmeza los derechos de los asalariados y ahora necesita reglas de juego claras para que las fuentes de trabajo no se extingan.

El líder que dejó un legado universal
Finalmente, pensamos en un proyecto que no es nacional y popular sino nacional integrador, que debe unir al país físicamente, económicamente y afectivamente terminando con las antinomias y los enfrentamientos impropios entre hombres y mujeres que persiguen un patriótico destino común. Entre esas antinomias proponemos terminar con los  juicios unilaterales que apuntan solo a los miembros de las fuerzas armadas que combatieron a las bandas terroristas que luchaban por el poder en los años setenta y cuyo miembros ahora gobiernan y legislan entre indemnizaciones y pensiones graciables. La prolongación de esta situación, en tiempos de mirar al futuro con esperanza, tiene cada vez más sabor a revancha y venganza que a verdadera justicia.

Como entiendo  que somos muchos los que soñamos con una Argentina como la que proponemos alcanzar tengo la esperanza de que, tarde o temprano, lograremos alcanzar nuestro hermoso sueño.
Me despido deseando tempranamente muy felices y cristianas fiestas a aquellos con los que no tenga más contacto hasta el próximo año.
Un abrazo para todos.

Juan Carlos Neves, Nueva Unión Ciudadana.
Twitter    @NevesJuanCarlos

CÓDIGO PENAL: LA INSÓLITA REFORMA QUE IMPULSA EL GOBIERNO

Por: Marcelo Longobardi

Repasando la agenda del día destaco una iniciativa que va a venir a corto plazo y que con seguridad será tema de debate.

Empieza a transitar su camino la reforma no ya del Código Civil y Comercial sino del Penal.

Hace un tiempo ya que el Gobierno viene intentando reformar la estructura jurídica de la Argentina, hasta ahora con poco éxito. Intentó primero una reforma judicial global que terminó fracasando en la Corte. Luego avanzó con el Código Civil y Comercial que se frenó en Diputados.

Y ahora va con el Código Penal. No se puede predecir qué éxito tendrá este proyecto cuando el Gobierno lo mande, en febrero o marzo, al Congreso.

Este anteproyecto de reforma del Código Penal, escrito entre otros por el doctor Raúl Zaffaroni, juez de la Corte Suprema, establece que figuras como la de la reincidencia no se van a aplicar más en la Argentina. Que la idea de la peligrosidad de un delincuente no va a ser más un agravante. Reincidencia y peligrosidad dejan de aplicar como agravantes ante la instancia de un delito cometido por un individuo con antecedentes y prontuario.

El código va a establecer además una diferenciación no ya para el asaltante sino para el saltado. Si el asaltado es un apersona de altos recursos, eso podría ser considerado como un atenuante y la pena sería menor. No es lo mismo robarle 1000 pesos a un señor que tiene 2000 que a uno que tiene 100.000 pesos, por poner un caso.

Esto equivale casi a investigar al asaltado. ¿Cuánto tenía? ¿Qué porcentaje de sus activos y de su patrimonio fue robado por el asaltante en cuestión?

En el fondo, este anteproyecto marca con claridad cómo se relaciona el Gobierno con el tema de la inseguridad. Lo que revela el texto es cómo se vinculan el oficialismo y sus principales referentes con el problema cotidiano de la inseguridad.

La precepción del Gobierno se traduce en sus proyectos, y este proyecto establece entre otras cuestiones el hecho de que una persona asaltada tendrá que rendir cuentas al juez respecto de cuánto le afectó realmente le delito del cual ha sido víctima.

Extremando el absurdo, podríamos imaginar una franquicia: de 2000 pesos para abajo, el delito es irrelevante, no cuenta.

Personalmente, creo que este proyecto no pasará el Senado, pero su espíritu da cuenta del estado de pensamiento del Gobierno respecto a un tema que es clave para todos los argentinos.

martes, 17 de diciembre de 2013

EL HOMBRE QUE VINO DEL FUTURO

Por Santiago Kovadloff | LA NACIÓN

John Carlin tiene razón: el nombre de Nelson Mandela quedará asociado a "la capacidad de los pueblos para superar su pasado". Es decir, para no verse a merced de lo irremediable.

El hombre que ayudó a su nación a liberarse del pasado fue el mismo al que el gobierno racista de Sudáfrica sentenció a cadena perpetua y, con ello, a verse privado de futuro. El efecto de esa terrible condena, en la mayoría de quienes la padecen, suele ser devastador. No lo fue en el caso de Mandela. Por el contrario: Mandela, entre rejas, concibió su porvenir. Más aún: desde la concepción de ese porvenir aprendió a habitar su presente de prisionero. Fue en la cárcel donde comenzó a hacerse oír como un hombre que provenía del futuro. Sus sueños lo dieron a luz. Sus sueños le enseñaron a razonar políticamente. A decretar la inutilidad del odio y la venganza para llevar a cabo la transformación que requería su país. Lo encarcelaron para silenciarlo y quienes lo hicieron no lograron sino que se lo escuchara cada vez más.

A lo largo de veintisiete años inimaginables de cautiverio, Mandela se liberó de su inicial resentimiento. Dispuesto a aprenderlo todo sobre la idiosincrasia de quienes se empecinaban en ser sus enemigos, estudió la lengua de los afrikaaners y frecuentó su historia. Exploró su lógica y su ideología. Mensuró el alcance de cada uno de sus valores y sopesó la proyección en el tiempo de los objetivos de quienes procedían como verdugos de su pueblo. Es que Mandela aspiraba a derrotar una cultura y no un ejército. Conocerla, inscribirla en una interpretación realista y ya no en la intransigencia del desprecio, significó para él aprender a proceder.

Mandela entendió la democracia como una superación escalonada del caudal de problemas impuestos a su país por el despotismo blanco. Las soluciones que aportó mediante la abolición del racismo dieron lugar al encuentro de Sudáfrica con los grandes desafíos del mundo moderno. En un orden moral, ellas posibilitaron su tránsito social desde el siglo XVII hasta el siglo XX. Sin los pasos que dio Mandela, la marcha que luego de él emprendió Sudáfrica, aun colmada de vacilaciones como estuvo, no hubiera sido posible.

Dos ejes confluyentes vertebraron el pensamiento de ese hombre excepcional: la memoria como deber imprescriptible y el perdón como gesto indispensable. No había, para Mandela, otra herramienta capaz de afianzar la paz, de disolver el sectarismo y neutralizar el odio profusamente sembrado.

Religioso y de izquierda, Mandela fue a la vez un campesino y un aristócrata. Su personalidad escapa a las explicaciones de intensión exhaustiva y sólo se deja abordar por la admiración. Para entenderlo, al menos en un sentido histórico, hay que tomar en cuenta la índole del país en el que surgió y desplegó su inagotable energía. Sami Nair lo señaló certeramente: Sudáfrica es muchos mundos. En ella convergen varios continentes. Comunidades tan diversas como las integradas por cristianos de distinta orientación, judíos, musulmanes e hindúes. Occidente implantó allí su cultura y, como parte de ella, su crueldad. La trama de creencias africanas que atraviesa ese escenario humano se enhebra con todo lo recibido y preserva al unísono su especificidad y su enorme influencia. "Mandela -anota Nair- bebió de las fuentes de todas estas culturas mezcladas y, en su calvario de prisionero de por vida, las transformó en una feliz síntesis universalista, en un camino de reencuentro entre seres que, para vivir juntos, debían tenderse la mano."

Su sabiduría sorprendió incluso a los más prevenidos. Una vez que alcanzó el poder no aspiró a perpetuarse en él. Se negó a homologar la investidura presidencial a su persona. Se sabía idealizado por su pueblo y se propuso desbaratar la tentación demagógica favorecida por ese magnetismo. Finalizado su único mandato, se retiró de la política. Al proceder como un gobernante de transición entre el pasado y el porvenir, fortaleció el sistema republicano.

Mandela logró lo imposible, es decir lo que sólo es viable cuando la imaginación supera la estrechez con que el prejuicio concibe la realidad. Supo aprender y enseñó a reconocer como ineludible la convivencia entre blancos y negros, si se aspiraba a hacer de Sudáfrica una nación y a que dejara de ser un mero conglomerado de fuerzas contrapuestas. Estaba persuadido y persuadió a su pueblo de que el odio, lejos de brindar identidad, la hipoteca en el desprecio.

En Mandela no hubo disonancia entre actos y palabras. La clásica disyuntiva romana -res non verba- no regía para él. A partir de esta conjunción infrecuente en un dirigente político, supo amortiguar, en un mismo ideal comunitario, un vendaval de discrepancias y conflictos hasta entonces insalvables. Fue magnánimo sin ser ingenuo. Quienes empezaron por temerle, terminaron admirándolo; quienes creyeron que bastaba con admirarlo, aceptaron la tarea mayor que Mandela les propuso: empeñarse en concebir a los enemigos de ayer como compatriotas de hoy.

Es cierto que Mandela no terminó de rescatar a su país de las desigualdades sociales. Pero posibilitó que ellas decrecieran sensiblemente al encontrar, en el escenario de la democracia incipiente, un marco promisorio, digno y dinámico, para emprender su desarticulación.

Al tender sólidos puentes entre los sudafricanos mediante la abolición del apartheid, brindó una prueba cabal de que el hombre no está condenado a extraviarse en la barbarie. En un mundo en crisis, agobiado por la ausencia de liderazgos políticos a la altura de los desafíos de la época, la ejemplaridad de Nelson Mandela resulta, al unísono, luminosa y abrumadora.

Son contados los hombres capaces de reconciliar la ética con el ejercicio de la política. Los profetas judíos clamaron por esa reconciliación. Sócrates fue, seguramente, el primero que la exigió en Occidente. Mandela, hasta donde sé, fue, en nuestro tiempo, uno de los pocos que la concretó.

"Soy el capitán de mi destino", escribió. Y con ello dio a entender que había aprendido a administrar sus pasiones y a subordinar los reclamos de su padecimiento personal a las exigencias de su proyecto político.

Albert Camus no se equivocó al caracterizar al siglo XX como "el siglo del miedo". Pero tampoco Mandela se apartó de la verdad sobre el siglo al matizar ese diagnóstico con el perfil triunfante de la redención moral. Mandela probó que el hombre puede, a veces, impedir la tragedia del desencuentro con sus semejantes. "A odiar se aprende -escribió-. Y si es posible aprender a odiar también es posible aprender a amar."

Sobre él se lo sabe todo. Sólo una incógnita subsiste. ¿Cómo fue posible un hombre semejante? ¿Qué alquimia misteriosa produce la aparición esporádica de espíritus como el suyo? Mandela pertenece a la estirpe de quienes se proponen y llevan a cabo lo que al común de los mortales nos resulta no sólo irrealizable, sino incluso inconcebible. La energía que los impulsa es una fuerza poco menos que sobrenatural. Más honda que la inteligencia. Más potente que la ambición. Más sustancial que el coraje. Más sorprendente que la osadía. Más sagaz que el sentido de la oportunidad. Es la energía que distingue a los visionarios. A los hombres que provienen del mañana e irrumpen en el presente dotados de una comprensión superior de la naturaleza de sus conflictos. Cuando parten de este mundo, como ahora lo hace Mandela, siempre se los llora porque quisiéramos retener y preservar algo de lo que han sido y mucho de lo que han significado. Y no estamos seguros de saber hacerlo. Acaso ese algo sea la luminosidad prodigiosa que irradian, sembrando claridad donde falta. Acaso ese algo sea el abrazo fraterno que se atreve a la reconciliación donde reina el desencuentro. Acaso ese algo sea la palabra inspirada que desbarata el escepticismo, disuelve la desconfianza que aleja y enfrenta, supera la incredulidad que envenena los vínculos. Acaso ese algo sea la convicción de que la muerte que debemos temer es la claudicación moral y no la extinción física.

Sí, Nelson Mandela fue uno de esos hombres inusuales. Maestros como él no abundan. Discípulos suyos, tampoco. Y bueno, muy bueno sería, que fuesen más.


PLINIO APULEYO MENDOZA ENTREVISTADO POR RICARDO ANGOSO

Plinio Apuleyo Mendoza
Hijo del abogado Plinio Mendoza Neira, Plinio Apuleyo Mendoza es, a sus 81 años, uno de los grandes escritores y periodistas colombianos de los últimos tiempos. Testigo de excepción de los grandes acontecimientos de Europa, donde ha vivido durante décadas en varias de sus capitales, y de su país, donde incluso llegó a conocer al asesinado caudillo Jorge Eliécer Gaitán,  Apuleyo Mendoza se nos muestra en esta entrevista como un analista avezado y dotado de un gran olfato político.

Como breve resumen de su curriculum, hay que destacar que ha escrito centenares de artículos, es amigo personal de los escritores Mario Vargas Llosa y Gabriel García Márquez y ha sido galardonado con numerosos premios y menciones. También ha sido embajador de su país en Italia y Portugal. Actualmente vive en Bogotá, donde ha presentado su última novela: Entre dos aguas, y donde colabora semanalmente en las páginas de opinión del diario El Tiempo.

RECUERDOS DEL BOGOTAZO

Ricardo Angoso: ¿Qué recuerdos tiene del 9 de abril de 1948, el famoso Bogotazo, cuando mataron al caudillo Jorge Eliécer Gaitán?

Plinio Apuleyo Mendoza: Yo iba con mi padre y en ese día tenía que ver a Gaitán, ya que era amigo de él y colaborador en sus asuntos políticos. Mi padre también le había ayudado a que fuera el máximo líder de los liberales como presidente del Senado de la República. Además, las oficinas de ambos estaban muy cerca y se veían casi todos los días. A mí me habían nombrado, pese a mi juventud, jefe de redacción de la revista liberal Reconquista y había acompañado ese día a mi padre hasta el centro de Bogotá, donde Gaitán tenía su oficina.

El plan de mi padre era almorzar con Gaitán y el mío, secundado por mis hermanas, era comer muy cerca de donde lo mataron. Comimos casi enfrente del lugar donde asesinaron a Gaitán, incluso desde la ventana donde estábamos se divisaba el lugar del magnicidio, donde cayó el gran caudillo. Sonaba la música, El Bolero de Ravel concretamente, y, de pronto, sonaron los tres disparos. La gente miraba alarmada, había mucha confusión, incluso mis hermanas pensaban que habían matado a mi padre. Yo bajé corriendo desde donde estaba y pude ver que habían agarrado al asesino, a Juan Roa Sierra. Me precipité hacia el cuerpo que estaba en el suelo y quedé al pie de Gaitán, tal como al día siguiente recogió en una foto histórica el diario El Tiempo.

Luego llegaron los trágicos acontecimientos que todos conocemos. Vivía muy cerca de donde se desarrolló este crimen y pude ver con mis ojos desde el balcón de mi casa las hileras de muertos, como el sacerdote daba la extremaunción a algunos moribundos. Son imágenes que no puedo olvidar. El asesino ya estaba detenido cuando llegué al lugar del crimen. No he olvidado en estos largos años las caras de Gaitán y del asesino.

Y le releo un artículo mío al respecto de este episodio, que creo que es muy oportuno: Nunca en los 64 años transcurridos desde entonces he logrado olvidar aquella cara de quien hoy es visto por la historia como el más grande caudillo popular que ha tenido Colombia. Parece esculpida en un gesto irremediable, amargo. Los labios se le han cerrado con dureza, casi con desdén, pero en los ojos, fijos y entreabiertos, palpita todavía una lumbre de vida, y un ligero temblor le estremece párpados y pestañas. Allí están los rasgos que tantas veces hemos visto: la vehemencia voluntariosa de la nariz, de la boca y del mentón tienen ahora una trágica inmovilidad de bronce. El sombrero está a su lado. El cabello lacio y espeso reposa sobre el polvo de la acera. De la nuca le fluye un hilo de sangre que segundos después una mujer recogerá sollozando. “Canallas, nos lo mataron”, le oiré decir.


Mi relación con Gaitán fue muy intensa. Los discursos muchas veces se los escribía mi padre y yo le seguía a través de la revista en la que trabajaba, Reconquista. Una vez, Gaitán, al salir del Senado, me saludó con el sombrero y me felicitó. Era un seguidor suyo, asistía a sus famosos “viernes culturales” con el que fuera guerrillero muerto en combate, Camilo Torres, y otros compañeros más. Camilo luego terminó en la guerrilla, pero esa es otra historia para otra ocasión.

¿VINIERON POR OTRA CAJA?


Una abogada santafesina, miembro de La Cámpora, fue designada como nueva presidente del IAF, lo que abrió especulaciones sobre su absorción por el ANSES.

Ivana Cecilia Besmalinovich

El Ministro de Defensa, Agustín Rossi, designó a la abogada santafesina Ivana Cecilia Besmalinovich, como nueva presidenta del Instituto de Ayuda Financiera para las Fuerzas Armadas (IAF), según lo informó oficialmente la página oficial del organismo.

La resolución de designación lleva el número 600 con fecha 10 de diciembre 2013. La doctora Besmalinovich ejercerá simultáneamente la representación del Ministerio de Defensa en el citado organismo.

De acuerdo a lo que aparece en la página web, el resto de los directores militares por cada fuerza no fue cambiado y todos ellos permanecen en sus funciones.

La nueva funcionaria integra la línea partidaria del Frente para la Victoria en Santa Fe y trabajó en el área se seguridad social en estrecho contacto con Rossi en años anteriores. Se la identifica ideológicamente como perteneciente a La Cámpora.


Su sorpresiva designación, de la que dieron cuenta primero correos de Internet reabrió las especulaciones en torno a si el Gobierno, a través de la funcionaria, desembarcó finalmente en el IAF y en sus fondos en un proceso que no pocos temen terminen derivando en el Anses.


MEGACAUSA SALTA: “UNA PEQUEÑA MENTIRA”

14/12/2013                                                         Por Mauricio Ortín

La justicia es una de las caras de la moneda; la otra, es la verdad. En un país donde rige el Estado de Derecho, la sentencia condenatoria de un juez es una consecuencia directa del establecimiento de la verdad acerca de la culpabilidad del acusado.


Cualquier duda razonable, al respecto, favorece al reo. Ahora bien, a la verdad no se llega de cualquier manera o por cualquier atajo. La humanidad, con Occidente a la cabeza, ha descubierto, construido y perfeccionado el método que, más que ningún otro, minimiza la probabilidad del desacierto en la búsqueda de la verdad. Desde la Antigua Grecia hasta hoy, suman más de dos mil años en los que el método científico, por sus cualidades intrínsecas, ha demostrado ser mucho más fiable en sus resultados que lo que dicen las pitonisas, la borra del café, los brujos, etcétera. Un enunciado que pretende ostentar el título de “verdad científica” debe como mínimo reunir dos condiciones: a) ser lógicamente coherente y, b) poder ser contrastado con la realidad empírica. Así, por ejemplo, por absurdo no puede ser verdad (tampoco falso), el enunciado: “Juan, que nunca robó, es ladrón”. Separadamente, en cambio, de que “Juan es ladrón” o que “Juan nunca robó”, sí y sólo sí, se puede afirmar su verdad o falsedad cuando se presenten hechos que así lo corroboren. Una cosa, entonces, es afirmar algo en forma coherente y otra muy distinta es comprobar la verdad de esa afirmación. De ahí, que simple testimonio de alguien que acusa a otro de haber cometido un delito no alcance para invalidar el testimonio del que se dice inocente.

Ricardo Toranzos
Mucho menos, todavía, cuando se descubre que la acusación se funda en testimonio de dudosa veracidad. Pues bien, aparentemente no lo entendería así el fiscal de la Megacausa de Salta, Dr. Ricardo Toranzos, quién, a pesar de circunstancias como las descriptas, solicitó condena. Ello se desprende directamente del hecho de que el enjuiciado en la “Megacausa Unsa”, Marcelo Gatto, demostró con claridad meridiana, a partir de documentación obrante en el expediente que, la señora Cristina Cobos no dijo verdad respecto a un hecho central que supuestamente incriminaba al entonces Subteniente (Había declarado que lo reconoció como uno de sus interrogadores. Mas, entre las seis fotos que se le presentaron para tal fin no estaba la de Gatto). Luego, el fiscal (contra Gatto) no sólo no tiene pruebas sino, también, la posible falsedad del testimonio que lo incrimina. Circunstancia, esta última, que fue admitida en el alegato de Ricardo Toranzos cuando, en lugar de solicitar el procesamiento de Cobos por el presunto falso testimonio, intentó salvar el resto de los dichos de ésta que incriminaban a otros. Textualmente y en tono de interrogación, dijo: “... si solamente una pequeña mentira bastaba para adjudicar responsabilidad y negar la validez de un testimonio...

Cristina Cobos

¿Justicia? Lo que para Toranzos es una inocente y “pequeña mentira” de Cristina Cobos, para Gatto, Chaín y De la Vega puede llegar a ser la “gran monstruosa mentira” que los condenará de por vida a podrirse en la Cárcel.

NOTA: Las imágenes y negritas no corresponden a la nota original.

CARTA ABIERTA AL SEÑOR FISCAL RICARDO TORANZOS

No sabemos en qué fuentes documentales habrá abrevado el Fiscal para redactar su alegato en Juicio de la Megacausa de Salta; aparentemente, sólo escuchó el repicar de una de las dos campanas

lunes, 16/12/2013 | 09:35 horas


Ricardo Toranzos
SALTA.- No sabemos en qué fuentes documentales habrá abrevado el Fiscal Ricardo Toranzos, para redactar su alegato en Juicio de la Megacausa de Salta; aparentemente, sólo escuchó el repicar de una de las dos campanas. En el Ítem, “II.- CONTEXTO NACIONAL AL MOMENTO DE LOS HECHOS”, entre otras cosas, deslinda, absolutamente, de toda responsabilidad al poder político por el terror ejercido desde el Estado durante el gobierno constitucional en la década del ’70. Siempre son las FFAA las responsables. Nada dice acerca de la masacre que los peronistas hicieron en Ezeiza y, la Triple A, pareciera nació de un rabanito y no de la intimidad del gobierno justicialista. Cita la, tristemente célebre, frase del general Ibérico Saint Jean, dicha en Mayo de 1977 (“Primero mataremos a todos los subversivos, luego mataremos a sus colaboradores...”) pero no la del entonces presidente, Juan Perón, que tres años antes (22 de Enero de 1974), refiriéndose a los guerrilleros, dijo: “...que el reducido números de psicópatas que van quedando sea exterminado uno a uno para el bien de la República". Es falso, también, lo que afirma respecto a la represión cuando alega: “Toda esta actividad se desarrollaba sistemáticamente y estaba destinada al exterminio de toda persona que se sospechara como opositora del régimen de facto”. Tanto el gobierno constitucional de Juan e Isabel Perón, como el de facto, asesinaban a terroristas y subversivos. El propio Firmenich así lo certifica. Es, alevosamente, falso de que los militares exterminaban a todo sospechoso de opositor al régimen. Raúl Alfonsín; Oscar Alende; Jorge Abelardo Ramos; Arturo Frondizi y tantos otros eran opositores y no fueron ni encarcelados, ni exterminados. Es una argucia de baja estofa poner en la misma bolsa a asesinos y secuestradores con ciudadanos que creían en la democracia.

Por último, algo más de su tendencioso alegato nos revuelve las tripas y no se lo podemos dejar pasar. Dice usted que, María Cristina Viola, de dos años de vida, falleció porque su padre, el Capitán Humberto Viola se agachó en el momento en que le disparaban para asesinarlo. Que sentada en el asiento trasero del Citroen Ami 8 recibió el impacto que iba al padre, que estaba al volante. Otra vez usted distorsionando los hechos. Palabras más, palabras menos, se parece a la de los degenerados, genocidas y criminales de niños y de lesa humanidad que mataron al Capitán Humberto Viola y que publicaron como hazaña en la revista del ERP.  Esos cobardes (usted los llama, grupo comando) actuaron de manera muy distinta de como usted lo describe. Fue desde atrás y con una escopeta Itaka de cinco perdigones por cartucho que dispararon adentro del auto. Nadie se agachó, porque no vieron al atacante y no hay forma de esquivar una bala a tres metros y, mucho menos, a cinco proyectiles juntos de una escopeta. A continuación, le transcribimos el relato de, como sucedieron los hechos, según el Dr. Carlos Picón, cuñado y tío de las víctimas: “El primer escopetazo lo hicieron desde atrás, a no más de tres metros de distancia, prácticamente a quemarropa. La perdigonada entró de lleno por la ventanilla del asiento trasero, justamente donde estaban ubicadas las nenas. Tres postas de plomo dieron en el cráneo de María Cristina, destruyéndolo. Murió en el acto. Una posta entró por la base del cráneo de María Fernanda y se alojó, sin salida, en el lado derecho del frontal. Es decir, recorrió todo el cerebro de esa cabecita. María Fernanda, vive, sólo porque Dios así lo dispuso. Humberto recibió, en ese momento, una posta de plomo, por la espalda, en la base del pulmón. Es ahí, cuando desciende del Ami 8 y corre hacia adelante para alejarse del auto tratando de salvaguardar a sus hijas”. Ponga atención, Dr. Toranzos, a las seis últimas palabras de la frase anterior.

-: Señor fiscal, como representante del poder del Estado encargado de impartir Justicia, usted no tiene derecho a ofender la conducta de un hombre (cobarde y salvajemente asesinado) insinuando que privilegió su vida a la de sus hijas. No le pedimos que cambie su opinión angelical para con los que ensangrentaron al país desde la subversión; mas, como mínimo, le exigimos que no agravie gratuitamente, desde la función pública, la memoria de un gran militar argentino, excelente esposo y mejor padre, como lo fuera en vida el Capitán Humberto Antonio Viola.

Mario Cabanillas                   
DNI Nº 11282776
Guillermo Solá                      
DNI Nº   7636195
Belisario Saravia                    
DNI Nº   8019614
Jorge P. Mones Ruiz                  
LE Nº     8019504
Alejandro Patron Costas (h) 
DNI Nº 23079809
Mauricio Ortín                       
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Luisa María Arias               
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Maria Cecilia Arias                
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Luis M. Cabanillas                      
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Mariano Segundo Gradín     
DNI Nº   4461773
Federico Javier Gatto D'Andrea
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María Laura Gatto D'Andrea      
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Jorge Daurat


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