jueves, 23 de mayo de 2013

EL DÍA DEL CHIVO

20/05/2013                                                                   
Por Mauricio Ortín
                                       
El pueblo de Israel tenía por ritual el sacrificar dos chivos cada tanto. Uno era ofrendado a Yahvé; el otro, en cambio,  cargado simbólicamente con todas las culpas del pueblo judío era insultado, apedreado y abandonado en el desierto a su suerte y a la del demonio Azazel. Dicha práctica colectiva supuestamente purificaba a la sociedad toda por los actos deshonrosos cometidos en su seno por los individuos. Así, a través de este sencillo y económico acto, el chivo expiaba de culpas a los hombres restituyéndoles, mágicamente, la autoridad moral propia de la conciencia transparente que no tendrá nada de qué reprocharse. Como el chivo hacía bien su trabajo era conveniente, siempre, tener a mano por lo menos uno.  Aunque es muy difícil probarlo, es casi seguro que los más entusiastas profesantes de este ritual no eran, precisamente, los que cargaban con menos culpas sino, más bien, los que “debían a cada santo una vela”.


Siguiendo la tradición judía –que también es la nuestra- el 17 de mayo, día del fallecimiento del General Jorge Rafael Videla, debería figurar en las efemérides como el “día del chivo expiatorio argentino” o “el día nacional de la hipocresía”. Ello así, a partir de examinar la caravana de adjetivos provenientes de todo el arco político y periodístico con el que se despidió al General Videla de este mundo: “genocida”, “perverso”, “criminal”, “sembrador de muerte”, “tirano sangriento”, “dictador”, entre otros. Que se las merezca o no es un tema; pero, otro es también: ¿“quién arroja la primera piedra”? ¿Acaso están “libres de pecado” los que robaban, secuestraban y asesinaban desde la izquierda? ¿Qué tiene que ver Videla con el asesinato de José Rucci, Augusto Vandor, Pedro Aramburu, Oberdan Sallustro, Roberto Uzal, Paula Lambruschini,  entre tanto otros? Nada. Tampoco, con las andanzas criminales de la Triple A. Esos también son homicidios y deben cargarse en cualquier mochila, menos en las verde oliva. 


Ello, porque es justicia que así sea y porque asumiendo la verdad es cómo aprenderemos de nuestros errores. El golpe de Estado del 24 de marzo de 1976 fue el gran error de los militares,... pero no sólo de los militares. Recuerdo el clima social de ese día y los siguientes tres o cuatro. No cundía el pánico o la indignación por la pérdida del orden constitucional como cundiría hoy (por suerte) ante una situación similar. El común de la gente aprobaba al gobierno de facto. La actitud de los grandes medios de comunicación (Clarín, La Nación, Gente y varios más) de manera alguna manifestaba su encono a la dictadura. Tampoco, los políticos, a excepción de unos pocos (entre ellos y por dispares razones, Jorge Abelardo Ramos y Alvaro Alsogaray) se opusieron al golpe de Estado. Otros, que no son pocos, fueron la parte civil de ese gobierno. Alicia Kirchner, Ricardo Gil Lavedra, León Arslanián, Eugenio Zaffaroni, y muchos más ocuparon cargos en los poderes Judicial y Ejecutivo designados por los militares. Intelectuales, escritores y científicos destacados también se sentaron en esa mesa mientras sucedía lo que hoy denuncian a gritos. Jorge Luís Borges y Ernesto Sábato, en un almuerzo con el presidente de facto, personalmente, le agradecieron los servicios prestados a la patria. El partido comunista le dio su apoyo explícito; el socialista, embajadores. Los montoneros y el ERP, aunque por motivos diferentes a los de la derecha, también trabajaban para el golpe. Su instintiva sed de sangre y su marxismo bíblico les señalaba que, con el gobierno militar, se desataría la insurrección de las masas que conduciría, inexorablemente, al poder a los revolucionarios. Los subversivos que empuñaron las armas contra el gobierno constitucional, más que víctimas son victimarios. No tienen autoridad moral para llamar genocida a nadie.

Algo es seguro, la tragedia argentina de los años ’70 y la crisis moral –más que económica- que padecemos, no se resolverá insultando y apedreando a chivos expiatorios. Acaso es el único que asume la culpa, mas no el único culpable. Los políticos, fundamentalmente los peronistas, deberían recordar que José López Rega no era ni “gorila” ni afiliado a la UCR (lo mismo, Mario Eduardo Firmenich). Ha de llegar el día en que, en la Argentina, la hipocresía dejará de ser el deporte nacional.