martes, 17 de diciembre de 2013

PLINIO APULEYO MENDOZA ENTREVISTADO POR RICARDO ANGOSO

Plinio Apuleyo Mendoza
Hijo del abogado Plinio Mendoza Neira, Plinio Apuleyo Mendoza es, a sus 81 años, uno de los grandes escritores y periodistas colombianos de los últimos tiempos. Testigo de excepción de los grandes acontecimientos de Europa, donde ha vivido durante décadas en varias de sus capitales, y de su país, donde incluso llegó a conocer al asesinado caudillo Jorge Eliécer Gaitán,  Apuleyo Mendoza se nos muestra en esta entrevista como un analista avezado y dotado de un gran olfato político.

Como breve resumen de su curriculum, hay que destacar que ha escrito centenares de artículos, es amigo personal de los escritores Mario Vargas Llosa y Gabriel García Márquez y ha sido galardonado con numerosos premios y menciones. También ha sido embajador de su país en Italia y Portugal. Actualmente vive en Bogotá, donde ha presentado su última novela: Entre dos aguas, y donde colabora semanalmente en las páginas de opinión del diario El Tiempo.

RECUERDOS DEL BOGOTAZO

Ricardo Angoso: ¿Qué recuerdos tiene del 9 de abril de 1948, el famoso Bogotazo, cuando mataron al caudillo Jorge Eliécer Gaitán?

Plinio Apuleyo Mendoza: Yo iba con mi padre y en ese día tenía que ver a Gaitán, ya que era amigo de él y colaborador en sus asuntos políticos. Mi padre también le había ayudado a que fuera el máximo líder de los liberales como presidente del Senado de la República. Además, las oficinas de ambos estaban muy cerca y se veían casi todos los días. A mí me habían nombrado, pese a mi juventud, jefe de redacción de la revista liberal Reconquista y había acompañado ese día a mi padre hasta el centro de Bogotá, donde Gaitán tenía su oficina.

El plan de mi padre era almorzar con Gaitán y el mío, secundado por mis hermanas, era comer muy cerca de donde lo mataron. Comimos casi enfrente del lugar donde asesinaron a Gaitán, incluso desde la ventana donde estábamos se divisaba el lugar del magnicidio, donde cayó el gran caudillo. Sonaba la música, El Bolero de Ravel concretamente, y, de pronto, sonaron los tres disparos. La gente miraba alarmada, había mucha confusión, incluso mis hermanas pensaban que habían matado a mi padre. Yo bajé corriendo desde donde estaba y pude ver que habían agarrado al asesino, a Juan Roa Sierra. Me precipité hacia el cuerpo que estaba en el suelo y quedé al pie de Gaitán, tal como al día siguiente recogió en una foto histórica el diario El Tiempo.

Luego llegaron los trágicos acontecimientos que todos conocemos. Vivía muy cerca de donde se desarrolló este crimen y pude ver con mis ojos desde el balcón de mi casa las hileras de muertos, como el sacerdote daba la extremaunción a algunos moribundos. Son imágenes que no puedo olvidar. El asesino ya estaba detenido cuando llegué al lugar del crimen. No he olvidado en estos largos años las caras de Gaitán y del asesino.

Y le releo un artículo mío al respecto de este episodio, que creo que es muy oportuno: Nunca en los 64 años transcurridos desde entonces he logrado olvidar aquella cara de quien hoy es visto por la historia como el más grande caudillo popular que ha tenido Colombia. Parece esculpida en un gesto irremediable, amargo. Los labios se le han cerrado con dureza, casi con desdén, pero en los ojos, fijos y entreabiertos, palpita todavía una lumbre de vida, y un ligero temblor le estremece párpados y pestañas. Allí están los rasgos que tantas veces hemos visto: la vehemencia voluntariosa de la nariz, de la boca y del mentón tienen ahora una trágica inmovilidad de bronce. El sombrero está a su lado. El cabello lacio y espeso reposa sobre el polvo de la acera. De la nuca le fluye un hilo de sangre que segundos después una mujer recogerá sollozando. “Canallas, nos lo mataron”, le oiré decir.


Mi relación con Gaitán fue muy intensa. Los discursos muchas veces se los escribía mi padre y yo le seguía a través de la revista en la que trabajaba, Reconquista. Una vez, Gaitán, al salir del Senado, me saludó con el sombrero y me felicitó. Era un seguidor suyo, asistía a sus famosos “viernes culturales” con el que fuera guerrillero muerto en combate, Camilo Torres, y otros compañeros más. Camilo luego terminó en la guerrilla, pero esa es otra historia para otra ocasión.

EL ASESINATO DE GAITÁN, LA TRAMA


R.A.: ¿Usted ha escrito que la responsabilidad final de la muerte de Gaitán podría recaer en un policía?

P.A.M.: Sí, claro, y lo mantengo. Lo he escrito y es algo que se ha descubierto recientemente.

R.A.: Entonces, ¿el asesino que es linchado después de la muerte de Gaitán no tiene nada que ver?

P.A.M.: El primer reportaje que yo hice sobre este asunto fue en la droguería Granada. Los policías, cuando se vieron rodeados de gente que querían matar al asesino, se refugiaron en dicha tienda con el fin de que no lo mataran y protegerlo. El dueño de la droguería, después de aquellos hechos, me dijo que aquel hombre era un cobarde, estaba muerto de miedo y se fue corriendo en cuanto mató a Gaitán. El dueño de la droguería tuvo que echarlo fuera porque si no le asaltaban el negocio.

Pero hay más cosas: mi padre vio salir del café Gato Negro, muy cerca del lugar del crimen, a un hombre alto, corpulento, muy tranquilo, con un abrigo negro y un sombrero que desarmó al asesino y lo entregó a la policía que estaba allí. A mí padre le llamó la atención que nunca solicitó para sí la gloria de detenerlo y entregarlo a la policía, ni siquiera la prensa habló de él en aquellos trágicos momentos. Meses después hubo manifestaciones y protestas liberales, en las que a mi padre le señalaron que quien atizaba el fuego de las protestas era un detective que se apellidaba Potes y allí, en esa protesta en la que estaba mi padre, estaba ese tipo, que casualmente era el tipo que desarmó a Gaitán tras su asesinato. Así le quedó la idea a mi padre de que quien realmente estaba tras la trama del asesinato de Gaitán era ese tal Potes, que no casualmente era un hombres de ideas conservadoras. Esta idea la mantuvo mi padre hasta que murió, en la creencia de que eran detectives conservadores quienes montaron la trama y prepararon el magnicidio.

Todo esto hasta que hace un mes y medio me llegó un correo en que un señor me dice que su padre estuvo con un enfermo agónico y en la miseria. Este enfermo, de apellido Potes, olvidado y abandonado, le confesó que estaba arrepentido profundamente porque había tenido mucho que ver con el asesinato de Gaitán, que era lo que me había contado mi padre siempre y nunca nadie le prestó atención a ese asunto. Ese crimen salió y tiene su origen en los cuerpos de seguridad conservadores que tenían la creencia que a la culebra se la mata por la cabeza y, por ello, resolvieron organizar el asesinato de Gaitán. Así fue cómo he llegado a escribir ese artículo en que desarrolló mi tesis del detective Potes y esa es toda la explicación.

R.A.: ¿También se acusó la Cia, incluso a los comunistas, de estar detrás del asesinato de Gaitán?

P.A.M.: Eso es absolutamente falso. Inclusive amigos míos han llegado a decirlo, pero no tienen una base científica para afirmarlo y demostrarlo. Los amigos míos de izquierda llegaron a decir que estaba la Cia; otros aseguraban que Fidel Castro podía estar en el complot y en el asesinato. Pero no es así. Contrariamente a esa tesis tengo la historia de Potes. Además, Castro tenía una cita con Gaitán esa tarde y había sido enviado por el dirigente cubano Eduardo Chibás, que era afín ideológicamente al líder liberal.

Mi padre siempre me había dicho que conoció a unos cubanos en una comisaría de policía y era Fidel con un amigo, algo que descubrió más tarde a través de una foto que le mostré y conseguí por una hermana de los Castro que estaba de paso en Venezuela. No hubo conspiración de la izquierda ni nada de eso, son conjeturas falsas nunca probadas ni sustentadas con argumentos sólidos.

LA RELACIÓN CON GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ


R.A.: ¿Usted proviene de la izquierda, a qué se debió su cambio ideológico hacia posiciones más liberales?

P.A.M.: Aquí casi todos los jóvenes éramos de izquierda, comunistas. Gaitán era un líder de izquierdas. Todos venimos de ahí, algunos cambiamos y otros no.

R.A.: ¿Creo que incluso usted llegó a viajar con Gabriel García Márquez (Gabo) hasta los países socialistas, más allá del telón de acero, en los tiempos de la Guerra Fría?

P.A.M.: Yo ya he contado esa historia varias veces. Todos nosotros éramos de izquierda, sin lugar a dudas. Yo me encuentro con Gabo, en el año 1955, en París, y decidimos, por nuestra simpatía con las ideas socialistas, hacer ese viaje hacia el Este. América Latina estaba llena de dictadores sostenidos por el Departamento de Estado norteamericano y nosotros estábamos en contra de esa situación. Veíamos al mundo comunista como una alternativa distinta a la nuestra. Y le dije a Gabo: ¿por qué no vamos a visitar y conocer ese mundo? La iniciativa fue mía y Gabo la aceptó.

Entonces, fuimos en un coche a la Alemania comunista a ver a un amigo. Éramos tres: Gabo, su hermana Soledad y yo. Cuando llegamos a ese mundo fue un golpe tremendo, ya que todo era muy triste, lleno de colas para comprar productos básicos y recuerdo que vimos una realidad muy dura, terrible. La gente nos confirmó, junto con nuestro amigo, que aquello era un mundo muy adverso y fracasado. Luego, tras ese viaje, fuimos hasta Praga y Moscú, incluso viajando dentro de la Unión Soviética. Ese viaje fue un gran cambio para nosotros, supuso un conocimiento profundo de la realidad que allí se vivía. Quedamos muy desengañados de aquel “paraíso” comunista y no lo vimos ya como una alternativa de vida.

LA REVOLUCIÓN CUBANA



Más tarde, pasados los años, llegó la revolución cubana, un fenómeno que no tenía nada que ver con el mundo comunista y que nos dio nuevas y renovadas esperanzas. Era un proceso fresco y limpio, nos llamó mucho la atención e incluso desde un principio apoyamos ese movimiento. Entrevistamos a mucha gente relacionada con la revolución cubana. Nada más llegar Fidel Castro al poder nos fuimos para Cuba con un grupo de periodistas y asistimos a su primer acto público embriagados de emoción. Éramos unos entusiastas partidarios de la revolución cubana allá por el año 1959.

Tras aquel viaje a La Habana, yo regreso a Colombia y me llegó la noticia de que necesitaban un periodista para dirigir Prensa Latina en Bogotá. Y me eligieron a mí para ese puesto. Inmediatamente escribí a Gabo para que viniera a ayudarme. Esa oficina de Prensa Latina se convirtió en un importante centro de periodistas, mientras yo seguía en la política pero siempre en posiciones de izquierda y sin tener dudas con respecto a Castro.


Eran tiempos en que yo estaba muy cercano a la revolución cubana y viajaba con frecuencia hacia La Habana, donde me hice amigo de Jorge Ricardo Masseti, que en aquel tiempo era el primer director de Prensa Latina. Un tipo maravilloso que se había ido a la Sierra Maestra y había conocido al Che Guevara y a Fidel Castro. Era un hombre muy sincero, honesto, abierto y noble. Masseti creía en la revolución, pero a través de él comenzamos a ver que los comunistas se reunían a escondidas en la redacción de Prensa Latina para conspirar. Masseti les pidió que no se reunieran aparte, ya que él creía que todos estábamos con la revolución y no cabían distingos ni conspiraciones. Pero se equivocaba, los comunistas tenían su agenda paralela.

Masseti quiso despedir a los periodistas comunistas de la agencia, pero ya el régimen había tomado la deriva que había tomado y se opuso a esa medida, teniendo que volver a reintegrarlos. Así se produjo la renuncia de Masseti, que Castro aceptó contra todo pronóstico dando el poder total a los comunistas. No entendíamos que Fidel aceptara en su momento esta medida. Así acabó enrolando en la guerrilla de su país, en Argentina, donde murió en un combate. Se presentó como comandante segundo porque pensaba que el primero, que era el Che Guevara, surgiría en la lucha y se uniría a sus filas. Más tarde, siguiendo su estela, yo también dimití y dejé el cargo de director en Bogotá. Y me dijeron que en la revolución no se puede renunciar porque la misma revolución sabe porque nombra a alguien y porque hace las cosas. También que quien renuncia en la revolución es inmediatamente visto como un contrarrevolucionario. Así salí de Cuba, con el título de contrarrevolucionario, y nunca más he regresado a La Habana hasta hoy.

Luego muchos jóvenes de los que fueron a La Habana para formarse como cuadros políticos regresaron como guerrilleros con preparación militar para organizar grupos subversivos, como fue el caso de los miembros del Ejército de Liberación Nacional (ELN). Me di cuenta que lo que hacía Cuba era armar guerrilleros y no instruir a los jóvenes políticamente. Más tarde de estos hechos que le he narrado, salí para París, Francia, y a través de Carlos Franqui, Jorge Semprún y Fernando Claudín, entre otros, fui viendo la realidad del mundo comunista. El asesino de Trotsky, Ramón Mercader, salió de ese grupo, que fue señalado por la madre del propio Mercader. Mercader salió como un héroe para ese grupo y veinte años después de salir de la cárcel, en México, regresó para ellos como un asesino.

R.A.: ¿El único que no cambió fue García Márquez?

P.A.M.: A García Márquez, que trabajaba en Prensa Latina, se lo llevaron a Nueva York y también renunció. ¿Por qué Gabo no cambió como nosotros? Fue una historia larga y tiene mucho que ver con el caso del poeta cubano Heberto Padilla. Fue encarcelado en Cuba y redactamos una carta para pedir su liberación un grupo de intelectuales, en la creencia de que quizá Fidel Castro no estuviera enterado del asunto. Le mostramos nuestra inquietud y le pedimos que interviniera para liberar a Padilla, pero no pude localizar a Gabo. Era imposible localizarlo. Teníamos la misma idea de Cuba y yo creí que sintonizaría con esa carta, porque conocía sus ideas y éramos amigos. Yo incluí la firma de Gabo sin consultarle porque pensaba que diría que sí. Pero llegó la reacción de Castro contra todos nosotros, tildándonos de “escritores burgueses” y “traidores” por esa carta. Cortazar, por ejemplo, se opuso a firmarla y ahí se produjo el primer cisma entre los intelectuales por el asunto de Cuba. Gabo luego me escribió y me dijo claramente que él no quería firmar esa carta. Yo luego le di publicidad a esa carta para mostrar que Gabo no quería firmar ese texto, algo que aprovechó Castro para llamarle y romper la unidad del grupo de intelectuales con respecto a los derroteros que estaba tomando la revolución cubana. Tuvimos muchas conversaciones después sobre este asunto, incluidas tres largas noches en París, donde Gabo se reafirmó en el sentido de que las cartas de este tipo no tienen ningún sentido. Él pensaba en el porvenir de su obra, creyendo en que algún día los comunistas se harían con el poder en todo el mundo y no quería que su legado desapareciera. Pero yo creo que la verdadera explicación nunca me la dio.

R.A.: ¿La ruptura entre Mario Vargas Llosa y García Márquez fue por motivos ideológicos?


P.A.M.: No, nada de eso. Nunca se reconciliaron. Esa es otra historia, un chisme, pero parece que fue por asunto de mujeres. La política no tuvo nada que ver en esa ruptura, sino que fue por cuestiones de índole personal.

LA VIOLENCIA EN COLOMBIA


R.A.: ¿No le parece increíble que la única guerrilla que quedara en toda América Latina, las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), esté en Colombia? ¿Cómo lo explicaría?

P.A.M.: Dos grandes aliados tienen las FARC. No es una explicación que tenga que ver con el apoyo popular, porque las FARC no lo tienen; las encuestas reflejan que el máximo apoyo que han tenido en su historia no llega al 3%. Las FARC tienen su origen en las guerrillas liberales, que eran partidas de hombres que habían sufrido la violencia de los conservadores. Los comunistas luego se apropiaron de esas guerrillas liberales y el mismo Tiro Fijo, jefe máximo de las FARC, procede de esas filas. Dos factores explican su éxito, como he dicho antes. Uno de ellos es el narcotráfico, que sostiene a las FARC. Los guerrilleros de aquí tienen recursos millonarios obtenidos a través del narcotráfico, es el grupo terrorista más rico del mundo. Las FARC pasaron de narcotraficantes a productores, convirtiéndose en el primer cartel no ya de Colombia, sino de toda América Latina y quizá del mundo.

Y el segundo factor que ayudó siempre a las FARC fue la geografía. Yo conozco a este país y le aseguró que hay zonas a las que nadie puede llegar. No hay ni carreteras ni Estado, entonces ¿quién controla esos territorios? Los terroristas y el narcotráfico. Hay más de 400.000 kilómetros cuadrados de selva en donde no llega ni el Estado ni los cuerpos de seguridad. En esos territorios es por donde se mueve la guerrilla libremente y esa es la razón que explica también su éxito.

R.A.: ¿No le preocupa que en Colombia le hayan puesto la etiqueta de “uribista”?


P.A.M.: No me molesta del todo. Yo siempre he encontrado que el presidente Álvaro Uribe ha hecho una gran labor, no puedo decir otra cosa, e hizo obras muy buenas, sobre todo en lo relativo al asunto del manejo de la seguridad pública. En la lucha contra las FARC, por ejemplo, hubo enormes e innegables avances. También fue capaz de atraer durante su mandato muchas y cuantiosas inversiones extranjeras que llegaron por la confianza generada en su presidencia. Por no hablar de lo social, donde se hizo un trabajo muy importante.

Yo era muy partidario del gobierno de Uribe, me siento muy identificado con él, pero yo como periodista mantengo mis críticas y un cierto criterio de independencia. Le hago críticas a Uribe, por ejemplo, en que fue capaz de mostrar éxitos en el terreno militar y liquidar numerosas fuerzas de las FARC, pero no fue capaz de prever la batalla política. Uribe no tuvo en cuenta las guerras jurídica y la política; entonces, no le hizo frente a esa amenaza y ahora pagamos muchas de esas consecuencias.



El otro gran error de  Uribe fue levantar y desdeñar el Fuero Militar, sobre todo debido a las presiones de algunos grupos que recelaban y desconfiaban de las Fuerzas Armadas. Uribe levantó, en un gran error, el Fuero Militar, y lo hizo por presiones externas, sobre todo de ONG,s procedentes de países que desconocen la realidad colombiana. Las Fuerzas Armadas se vieron desmoralizadas y casi no querían salir a combatir porque tenían miedo de ser procesados y juzgados sus miembros. Uribe trató de convencerme de que no estaba en lo cierto, pero yo se lo discutí y defendí entonces a los miembros de los cuerpos de seguridad y las Fuerzas Armadas.
  
Otro elemento que yo he criticado de Uribe es que está haciendo oposición al actual gobierno pero sin una plataforma política. Uribe defiende su gestión y los logros de la misma, propone unas ideas pero no tiene un soporte político, un partido que lo sustente. ¿Cómo puede llevar candidatos a unas elecciones sin partido? Uribe no tiene un partido, tiene una suerte de centro de pensamiento. Es puro caudillismo, Uribe no se ocupa de esas cuestiones fundamentales. Tenía que haber organizado algo de cara al futuro. Yo tengo mucha desconfianza y pesimismo acerca de que ese proyecto que ahora lidera tenga viabilidad. Lo digo y lo escribo: es un error que no haya sido capaz de organizar un movimiento político y se centre en una campaña personalista.
  
Yo sé que las FARC son muy fuertes y controlan muchos territorios. Tienen mucha más fuerza de lo que parece y algunos piensan. He conocido a muchos desmovilizados de las FARC y sé cómo esta organización se ha infiltrado en numerosas instituciones, como los medios, la justicia e incluso las instituciones del Estado. Es un trabajo que llevan desarrollando desde hace años y han obtenido numerosos éxitos sin dar a conocer su ideología comunista. Por ejemplo, las FARC se han infiltrado en la Universidad Nacional y muchos de los profesores de esa institución son de extrema izquierda. Así, a través de estos profesores, se adoctrina a los jóvenes recién llegados  a las aulas. La justicia, por ejemplo, está  minada por la extrema izquierda. Pero también hay colectivos de abogados de extrema izquierda que luchan contra el Estado colombiano para minarlo, para desacreditarlo en el interior y en el exterior. Creo que estos grupos claramente ideologizados, denunciando permanentemente supuestos crímenes de Estado, están ganando la batalla política que se está dando en el país. Incluso se la están ganando a Uribe.
  
PALACIO DE JUSTICIA

R.A.: ¿Usted ha defendido en muchas ocasiones al Coronel Luis Alfonso Plazas (Palacio de Justicia)?




P.A.M.: Considero que este asunto es totalmente injusto, un caso más de lo que me refería antes. El único testigo en su contra no era válido y se retractó. Es un horror lo que han hecho con el Coronel Plazas y tantos otros militares, pero es parte de esa guerra a la que me refería antes y que están ganando. Están ganando la batalla política y jurídica, mientras que los militares acaban en la cárcel y sometidos a largas condenas. Es una nueva versión del mundo al revés.

R.A.: ¿Ese reconocimiento a Uribe no lleva implícito una crítica a la gestión del presidente actual, Juan Manuel Santos?

P.A.M.: Desde luego que sí. Yo no estoy con Santos. ¿Por qué no estoy con Santos? Yo voté con él en su momento, pero creo que traicionó la obra que heredó de Uribe. La gran diferencia entre Uribe y Santos tiene que ver con el lugar donde han nacido, ya que la diferencia entre un antioqueño y un bogotano es la que le explico: el antioqueño lo que piensa es lo que dice y lo que dice lo hace, mientras que el bogotano lo que piensa no lo dice y lo que piensa no lo hace. Esas son las grandes diferencias entre ambos. Santos busca efectos de imagen ofreciendo cosas que nunca se cumplen ni se hacen. En Uribe se juntaban dos cosas: microvisión y microgestión.

En Colombia hace falta la microgestión porque en Colombia no hay Estado, no hay administración, tenemos un país muy corrupto, esa es la realidad colombiana. No hace falta solo trazar un plan, sino implicarse uno mismo para que se cumpla. Eso es lo que hacía Uribe y yo fui testigo muchas veces de esa microgestión diaria para impulsar los proyectos. Era un caso único, un caudillo que se ocupaba de todo y llamaba a todos los ministros y responsables a cualquier hora. Santos no fue capaz de sacar adelante ningún proyecto importante, no tuvo la capacidad de trabajar y poner en marcha sus proyectos. El mismo proceso de paz es muy mal manejado por Santos. Si hubiera que llegar a la paz habría que hacer concesiones terribles, como la impunidad, el indulto para todo el mundo. Tampoco parece que las FARC vayan a entregar las armas, sino que ahora se habla desde La Habana de la “dejación de las armas”. Si alguien quisiera hacer la paz tendrá que aceptar esos principios, ya que lo acordado hasta ahora no es fundamental ni importante.

Santos va a mover la banderita del proceso de paz para ser reelegido, tal como desea y anunció en su momento. Estamos en un momento muy peligroso, acechan muchos riesgos. Tampoco estoy de acuerdo con Uribe en romper los acuerdos de un golpe, ya que el 90% de los colombianos quiere la paz y es un anhelo colectivo que no se puede negar, que está en la calle. Es un clamor. La gente desconfía del proceso, pero tiene esperanzas en que el mismo dé algún resultado. No se puede cerrar esa puerta porque sería un error político, hay que continuar porque la gente que sufre la violencia quiere que esta guerra no prosiga otros cincuenta años. Los colombianos aceptarían cualquier cosa para llegar a la paz, no podemos dejar atrás ese anhelo y esa esperanza que tienen millones de personas. Ahora no se puede abandonar, zanjar de un golpe como pretenden algunos , el proceso de paz.

LAS FARC

R.A.: ¿Cree que las FARC esta vez tienen voluntad política de dejar las armas y utilizar la vía electoral para intentar llegar al poder?



P.A.M.: Yo creo que sí. Lo digo por una razón nada más. La cartilla castrista de que la revolución se hace por las armas se ha derrumbado hace tiempo, ya no existe, y las FARC lo saben. Nunca van a llegar al poder por esa vía. Ahora han visto como el “socialismo del siglo XXI” ha llegado al poder a través de las urnas. Chávez cambió la cartilla castrista por la nueva del neocomunismo. Y las FARC saben de esos cambios e intentarán hacer lo mismo que en otros países, es decir, llegar al poder pacíficamente. Los terroristas no van a llegar hasta Bogotá y ocupar el poder, eso es un imposible, y las FARC, como he dicho, lo saben.

Fue Norberto Ceresole, un argentino que provenía de la extrema derecha, quien le dio esas ideas a Chávez, qué paradoja. Caudillo, ejército y pueblo, esa era la fórmula de Ceresole, y no la democracia representativa. Este teórico pretendía la  democracia participativa a través de consultas populares y así han llegado al poder en muchas partes de América Latina, incluyendo aquí a Venezuela. Los amigos de las FARC, como Chávez, han llegado al poder de esa forma. Creo que los guerrilleros, con el dinero que tienen, que es mucho, saben que pueden dar la batalla política. Las FARC saben que su verdadera alternativa es el “socialismo del siglo XXI” y no la vía militar, que está condenada al fracaso.

Políticamente saben que pueden dar la batalla y ganarla. Revistas como Semana, muy popular en Colombia, está infiltrada por las FARC. La guerra política que están dando la están ganando, eso lo tengo claro, y a este respecto me muestro muy pesimista.

Pero lo peor de lo que no está pasando es el país político, su situación y evolución, que explica por qué estos caudillos populistas al estilo de Chávez llegan al poder en sus respectivos países. En América Latina hay un profundo divorcio entre la clase política y la sociedad civil; la palabra político se ha convertido en un término desacreditado. La gente ya no cree en la política y está descreída con respecto a lo que ocurre. Un outsider puede surgir en este escenario y canalizar ese descontento electoralmente, como fue el caso Chávez y otros en varios países del continente.

R.A.: Con la visión y perspectiva histórica que tiene de Colombia desde los orígenes de la violencia, allá por el año 1948 tras el Bogotazo, ¿quién cree que es el mejor y el peor presidente del país en estos años?


P.A.M.: El mejor presidente de la historia de Colombia ha sido Uribe, el peor se lo disputan el liberal Ernesto Samper y el conservador Andrés Pastrana. Samper, por su implicación en el Proceso 8000, cuando el narcotráfico le financió su campaña electoral, y Pastrana, por habernos metido en el proceso fallido del Caguán, cuando la guerrilla de las FARC pusieron de rodillas a este país. No sabría cuál de los dos es peor.

Ricardo Angoso
Periodista español
rangoso@iniciativaradical.org