sábado, 9 de agosto de 2014

EL DEMONIO DE LA MENTIRA...


Desconfío de esas historias contadas con mentiras, que en la feria de la “conveniencia política o económica” se ofrecen en los escaparates de las “verdades”. Prefiero que me digan que es un cuentito lindo, bien armado, narrado amenamente… pero cuentito al fin.

Así que, desconfiado, paso delante de estas historias con el entrecejo fruncido y una mueca en la boca que dice: “mmmmmm”

Y conste que tampoco soy devoto del “ver para creer”. Puedo creer a ciegas si es necesario. No es ese el punto. El punto es otro.

La violencia desatada asquerosamente en Argentina desde finales de los 60 hasta casi los 90 por las organizaciones terroristas, es un tema al que le he dedicado mucha vida. He gastado ojos, tiempo, dinero, corazón y alma  en hurgar en la delirante “revolución” del terrorismo internacional que encontró en Argentina una generación inteligente, lúcida, valiente y militante… y la convirtió, vaya a saber por qué, en desalmados asesinos hijos de puta.


Recorrer la historia de las verdaderas Víctimas de aquella violencia es andar los abismos de un infierno que no tiene explicación. María Guillermina Cabrera Rojo voló por los aires de su casa en La Lucila un 12 de marzo de 1960. Dos paquetes de galletitas con explosivos puestos por terroristas hicieron “revolución” cargándose la vida de una nena de 3 años. Y Cristina Viola, también de 3 años aportó sin elegir, con su vida y un balazo en la cabeza, al cuentito de los que venden en la feria de la “conveniencia política o económica” una mentira en el estante de las verdades.


Y Juan Barrios, acribillado en brazos de su mamá… y Paula Lambruschini, desmembrada vida de 15 años por una bomba inmensa de odio, furor y delirio. Y la lista de verdades muertes es tan grande como las mentiras del relato que pretende esconder la Historia violenta de sangre espesa de la Argentina de ayer nomas, en los rencores del aquí nomas.



Yo podría llenar estas páginas con fotos de cuerpos de argentinos mutilados, acribillados, colgados de ganchos, descocidos a balazos, cortados en pedacitos… de argentinos secuestrados y torturados, confinados en un pozo de mala muerte debajo de alguna casa de “gente de bien” con una bandera terrorista o del Che, que es lo mismo, como prueba de vida para que el secuestro abone millonarios frutos a las arcas de los sembradores de terror y alentadores de demonios, o mostrar personas que hoy afrontan su vejez sin piernas, sin brazos, sin ojos, sin hijos, sin padres, sin hermanos, sin esposos, o con la mitad del cráneo reconstituido… y mostrar así, con lo irrefutable, de lo que fue capaz de hacer aquella generación que hoy se vende “revolucionaria, idealista y maravillosa” de los Kunkel, de los Vaca Narvaja, de los Firmenich, de los Argemí, de los Puigjané, de los Walsh, de los Verbitsky, de los Perdía, de las Arrostito, de las “LauRita Carlotto”, de las Daleo, de las Lucias Révora, de las Osterheld… y debo decirlo con dolor, de nuestra presidenta que si bien sabemos nunca tuvo los “ovarios” de las armas, esas culpas le dieron “ovarios” para sobreactuar venganza y dolor treinta años después, haciendo política de Estado la apología del terrorismo.


¿Servirían de algo las fotos? Agregarían más dolor al dolor. Más bronca a la bronca. Más mierda al gran pozo de mierda en el que nos hundieron los que ayer mataron en nombre de un mundo mejor, y hoy viven impunes en una vida mejor… a costa de un Estado corrupto de corruptos que premió la sangre y el terror y la muerte, con indemnizaciones desbocadas, monumentos vacuos y placas inmensas de miserias chiquititas.

Algunas fotos siempre publico, porque una imagen vale más que un millón de palabras. Y a las consecuencias horribles de violencia a veces es necesaria verla descarnadamente, para curarse del espanto.

La foto carnet en blanco y negro de la hija terrorista de Estela Barnes, viuda de Carlotto con su verdad, esconde la cara asesina del terrorismo para mentir la verdad que resta.


Digan lo que digan, el demonio anduvo a sus anchas por Argentina y encontró de quién vestirse. La guerra desatada por el terrorismo en nuestro país tuvo tanta saña y supo de tanta crueldad, que resulta imposible no creer en el demonio vestido de rojo con boca de fuego y sangre en las manos. Aunque hoy ande en un Audi blindado y lea Página 12 en Palermo Soho. La mentira siempre ha sido el ardid preferido del demonio.

Cuentan los terroristas argentinos arrepentidos, que tras perder la guerra de las armas, aunaron inteligencia y criterio en el dorado exilio. Se reunían en Francia para estudiar la manera mejor de aprovechar políticamente los restos tibios de tanta sangre. Ensayaron el libreto para los juicios de venganza, y juntaron con algunas verdades, la mentira de los hijos robados en los jardines del infierno.


Si el resabio terrorista asegura que buscan 500 niños apropiados, no se entiende porqué el Banco Nacional de datos Genéticos, que maneja el mismísimo resabio terrorista de los 70, no tiene muestras recolectadas ni para la mitad de 500. Bueno sería tener la información, pero siempre la información sobre cualquier causa que incluya terroristas de los 70, es reservada y de imposible constatación.

“Apropiadores” de primera y “apropiadores” de segunda. Unos presos de por vida, otros a salvaguarda de las malas lenguas… Roberto es un ex miembro del grupo terrorista Montoneros a quien una vez entrevisté. Vive en México, donde frecuentemente se reúne con ex cumpas de balas y bombas. Me contó entonces que ellos llevaban un control minucioso de datos: Nombres, alias, encuentros, si volvían o no volvían, si morían o eran ejecutados por delatores. También llevaban un control estricto de hijos de terroristas que quedaban a cargo de “familias de confianza” cuando los papás salían a poner bombas, a matar por la espalda o a ejecutar compañeros con pocos huevos para la lucha armada. Montoneros tenía una guardería para hijos de terroristas en La Habana, donde los chicos quedaban a cargo de los lavadores de cabezas y encantadores, mientras las serpientes padres salían a poner sus huevos.


Estela Barnes, ahora viuda de Carlotto, en los 70, mientras sus hijas jugaban la guerra y la revolución matando gente, hacía personales gestiones por la vida de ellas a su amiga de trabajo, hermana del General Bignone. Estela hoy, con huesos de persona mayor, con platinado de mil pesos por quincena y  con auto alemán, lo dice de manera poética: “Admiro la lucha de mis hijas…”, pero en los 70 tenía otro discurso y pedía favores para sacarlas de “esas cosas raras”.

Por eso, ni bien su hija Laura cayó muerta en un enfrentamiento con las fuerzas del Estado que combatían al terrorismo, el cuerpo le fue entregado inmediatamente tras gestiones del General Bignone. Siempre es bueno tener, palenque ande ir a rascarse dice el Martín Fierro, y Estela lo sabe.

Luego lo del nieto, lo de convertirse en Abuela que busca realizarse en lo que no pudo con sus hijas terroristas, tal vez. Lau“Rita”, Estela y ahora Guido. Tres generaciones emparentadas con nuestra historia reciente. Unidos para un cuentito ofrecido en el estante incorrecto.

Cartel del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires en el Parque de la Memoria

Miro ahora a la Estela combativa de “genocidas y apropiadores”… está con cara buena en todos los medios. Cuánta extraña bondad hay en Estela de Carlotto para con los "apropiadores" de su "nieto" por taaaantos años!!!

Tal vez... algún día alguien se anime o se atreva a meter la nariz en la historia de los chicos de la guerra, debidamente anotados en aquella libretas de Montoneros… guardados misteriosamente en las casas de los viejos cumpas, y que por esos designios apuntados en la mesa cómoda del exilio dorado, van a apareciendo convenientemente según los vaivenes políticos… y los “apropiadores buenos” que se pierden en las oscuras cuevas a las que nadie tiene acceso… ¿no?

Horacio R. Palma
Escribidor contumaz