agosto 5, 2014
por Mauricio Ortín
Por fin algo de luz
para entender la esquizofrénica política que despliega el kirchnerismo en
conflicto con el juez Griesa y los acreedores de los bonos que no entraron en
el canje (“fondos buitre”, según el “Manual del Progre Ilustrado”). Hacerse el
loco y agraviar al juez Griesa ignorando los elementales consejos del Viejo
Vizcacha, más que a una osada manera de conseguir resultados, se parece a un
revolucionario método de suicidio político. Lo cierto es que desde que se
emitió el fallo según el cual se debía pagar el 100% de la deuda a los
litigantes, Cristina, arriesgando a la Argentina a ser procesada por desacato,
aseguró urbi et orbi que no pagaría. Luego se retractó y dijo que les pagaría
lo que se le pagó al 93% que entró en el canje. Todo ello, aparentemente,
convencida de que el FMI, el presidente Obama, la OEA, el MERCOSUR, la Cámara
de Apelaciones de Nueva York, la Corte Suprema de Justicia de EEUU, el grupo de
países emergentes y la mar en coche presionarían sobre Griesa en esos términos
y, de paso, evitar el default. Acto seguido y en consecuencia se abrirían las
puertas al crédito internacional de dinero fresco lo que, a su vez,
desactivaría la bomba económica hasta las elecciones de 2015 y que el próximo
gobierno se haga cargo del muerto. En esa misma dirección se había arreglado (a
las apuradas y mal) la deuda con Club de París y Repsol. Ahora todo eso no sirve
de nada. Un error de apreciación desmoronó y deshizo la operación cual castillo
de naipes. El despiste de suponer que todos los jueces del mundo (los federales
de Kirchnerlandia y los de EEUU) son, más o menos, la misma gente. Abonando al
respecto, el Dr. Eugenio Zaffaroni, juez de la Corte Suprema de Justicia de la
Nación, dijo: “Griesa parece ser un personaje omnipotente, cuando en realidad
es un juez casi municipal, de trocha muy angosta. No es un juez federal
siquiera”. (Y no hay más remedio que darle la razón porque un “juez” con todas
las letras es aquel que sigue en su cargo después de alquilar seis de sus
propiedades a prostíbulos, negar hábeas corpus a desaparecidos y ocultar
ingresos para evadir impuestos.) El fracaso, por error de apreciación, del
“plan-impresentable A” contra la sociedad “Griesa-Buitres” automáticamente
gatilló “el plan-engendro B”. Este último, sabedor de que la bomba le explotará
en las manos al kirchnerismo por no conseguir financiación externa, necesita
del default para que sobreviva el gobierno (el argumento de la cláusula RUFO es
una falacia). Sin default, la responsabilidad kirchnerista en la destrucción
económica es muy evidente. Con default, se gana algo pero “a lo Pirro”, porque
la situación general empeorará significativa y aceleradamente. La
“malvinización” del conflicto es un arma de doble filo si consideramos que
viene seguida de la “desmalvinización”. Además, al respecto, hay que sumar las
contradicciones de los voceros K. Desde “decir que estamos en default es una pavada
atómica” y que “nada va a pasar” hasta “nos quieren tumbar porque somos
viables” o, como a Gaza, los “genocidas” “nos envían misiles financieros”.
El hipotético éxito
de la “malvinización” del default ha generado el temor de quedar en la vereda
del frente de uno que otro opositor oportunista. Es el caso del
“presidenciable” De la Sota, quien, “abriendo el paraguas”, llamó a Griesa
“juez pedorro”. Subestimar los efectos políticos de un default “malvinizándose”
es una pésima opción. El default del 2001, en algunos casos por rebote e
injustamente, dejó una pila de cadáveres políticos (entre ellos Menem, Cavallo,
De la Rúa, Duhalde y Rodríguez Saá.)
La temida malvinización del conflicto es “un tigre de papel”. No hay que olvidar que la de Galtieri, que llenó las plazas de todo el país y que recaudó millonarias sumas en joyas y dinero para la causa, duró dos meses. Luego, con parecida intensidad a, llegó la “desmalvinización”, que se lo llevó puesto a él y a toda la dictadura (curiosamente, Raúl Alfonsín, que no se malvinizó, ganó elecciones). El mismo efecto devastador debería tener con los gobernadores, jueces, intendentes y legisladores kirchneristas, dada su manifiesta y suicida voluntad de acompañar a Cristina no sólo hasta la puerta sino hasta bien adentro del cementerio.
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