lunes, 20 de junio de 2016

DEL EJEMPLO A LA OBSCENIDAD

Hace 200 años, cuando no había más que caminos de tierra entre montañas y montes, Manuel Belgrano emprendía desde Tucumán el camino hacia su muerte. Enfermo y casi sin poder pararse, partió acompañado por un médico amigo, un capellán y dos de sus antiguos oficiales. No tenía más que algunos pesos prestados y unos caballos que le facilitaron, porque le debían varios meses de su sueldo de General.


Salió en febrero de 1820 y llegó a Buenos Aires en marzo. Tenían que bajarlo alzado del caballo porque casi no podía caminar por lo hinchadas que tenía las piernas. Se alojó en la casa de su hermano, porque no tenía otro lugar. La Junta de Representantes ni siquiera se ocupó de tratar el pedido del gobernador Ramos Mejía, para que se le pagara al enfermo General el dinero que se le debía. El 25 de mayo Belgrano firmó su testamento, en el que nombraba heredero a su hermano Domingo, encargándole que, al cobrar lo que le debían, pagara todas sus deudas. El 19 de junio le dio al médico su reloj, porque no tenía otra manera de pagarle. Al día siguiente, falleció. Eso pasó hace dos siglos.

Hace poco más de dos días, un ex funcionario fue detenido cuando trataba de esconder casi 9 millones de dólares saltando sobre el portón de un monasterio en plena noche. Para completar el cuadro, trasladaba un arma de alto poder.

A cotización de ayer, ese dinero es casi 130 millones de pesos. Un cálculo sencillo para comprender la magnitud de lo que iba en esos bolsos subrepticios: ese dinero son 1.300.000 billetes de 100 pesos. Es como si pudiéramos gastar, durante 30 años, 118 billetes de 100 pesos por día. Casi 12.000 pesos por día durante tres décadas, incluyendo sábados, domingos y feriados.

Es apenas un caso. Pero hay muchos más en la Justicia.

¿Qué nos pasó en estos 200 años? El mérito de Belgrano no es haber muerto pobre. Nadie es mejor ni peor por ser pobre o ser rico. El mérito de Belgrano es haber sido honesto. Ni siquiera en el Vía Crucis de su camino hacia la muerte se adueñó de algo que no le correspondía. Hoy, el país nos abruma con la obscenidad de dineros trasladados de madrugada o en paraísos fiscales, de máquinas contadoras de billetes, de enriquecimientos turbios y de una Justicia lenta que apenas actúa cuando los hechos le estallan en la cara.

Está claro que a nadie se le pide la conmovedora grandeza de Belgrano. El mundo es otro y los tiempos también. Pero el valor de la honestidad era el mismo, entonces y ahora. De nada sirve recordar a Belgrano cada 20 de Junio, si cada día no nos ponemos la meta, mínima y elemental, de exigir honestidad.