domingo, 23 de octubre de 2016

LA EJECUCION NUESTRA DE CADA DIA

Mienten de manera aleve aquellos que dicen que en la Argentina no hay pena de muerte. Al día de hoy han muerto en prisión trescientos ochenta y tres argentinos. No ha hecho falta ni un pelotón de fusilamiento ni una soga con nudo corredizo; simplemente fueron abandonados en manos de “jueces” que creen que su tarea está incompleta si no se convierten en verdugos de aquellos a los que han condenado bajo la imputación de lesa humanidad, infame subterfugio con el que se quiere denigrar a quienes defendieron a la Patria.


No hablemos de genocidio; trescientos ochenta y tres asesinados de manera vil no da para calificar de genocidio a una matanza. Caer en la tentación de hacerlo sería ponernos a la altura de los estafadores que durante años han repetido -pero que incluso hoy, lo siguen repitiendo estúpidamente tal como lo hace el secretario Avruj- la falacia de los 30.000 desaparecidos y que son incapaces de reconocer que ese número solo fue un pretexto para que los forajidos que, enmascarados detrás de presuntas “orgas” de derechos humanos, cobraran una y otra vez indemnizaciones millonarias.


No es genocidio, no exageremos. Exagerar no es de hombres veraces pero digamos de una vez por todas y repitámoslo cuantas veces sea necesario que lo que hoy sucede en la República -organizado por el gobierno anterior con el concurso de esa asociación ilícita que algunos aún llaman justicia argentina y mantenido demagógicamente por el actual- es simplemente la venganza más rastrera que pueda haberse imaginado jamás y que, por su naturaleza, es variada en su vergüenza pues esperaron que aquellos que los habían derrotados envejecieran, que quienes “administran” las instituciones que los enviaron al combate se vendieran por miserables canonjías y que, finalmente, para que el ultraje fuera mayor, amañaran la Constitución y las leyes para que, fechoría jurídica mediante, le hicieran creer al pueblo, ese mismo pueblo cobarde que en aquel entonces pedía cadalsos en la principales plazas del país y hoy se come cualquier verdura podrida que le venden, que ellos, los anteriores y los de ahora, sí se manejan con la “legalidad”.

A hoy  -son las 02:26 horas del domingo 23 de octubre de 2016- ya han sido ejecutados trescientos ochenta y tres de estos condenados a muerte pero dentro de una hora, un día o unos pocos días más, solo Dios lo sabe, esta cantidad sin duda alguna se seguirá incrementando por las mismas causas de siempre: edad de los condenados agravadas por falta de asistencia médica, excesiva distancia a los centro médicos de alta complejidad y carencia de una contención psicológica para detenidos de esta edad y condición.

Pero también se seguirán repitiendo las condiciones en que mueren. Salvo los pocos que han tenido la suerte de acceder a la prisión domiciliaria -tipo de prisión a la que por ley todo argentino mayor de setenta años tiene derecho- la mayoría morirá en la más absurda soledad, con medicamentos retaceados, con tratamientos mal provistos o dispuestos cuando ya era tarde, privados de los alimentos que sus enfermedades requerían o como producto de los accidentes- nunca atendidos- que normalmente aquejan a los hombres mayores de edad.

Para mayor vergüenza de la sociedad argentina, si es que esta considerara que avergonzarse ante la iniquidad fuera una virtud, estos condenados a muerte tienen sus “sicarios designados”. Son los jueces de ejecución, ¡nunca tan bien puesto este nombre!, que se comportan con ellos como señores de horca y cuchillo; son los que dan las órdenes que restringen la prisión domiciliaria, los desplazamientos a hospitales, los que por principio dudan de las enfermedades de estos presos y los abandonan a su agonía hasta que la evidencia de la muerte los pone en el brete de justificar lo injustificable.

Estos hombres, que por definición de los carcamales de la Corte Suprema -con la única y digna excepción del Dr. Fayt- son reos de una política de estado que se ha llevado puesta Constitución y leyes, saben que morirán en los penales federales. Estos son los Presos Políticos que avergüenzan a la Nación Argentina. Presos de una revancha montada por logreros y cobardes, han desarrollado un especial orgullo que sostiene sus vidas y les hace gritar ¡presente! cada vez que invocan a sus camaradas caídos o que les hace cantar a voz en cuello el “Cristo Jesús”; orgullo que nadie les podrá quitar jamás porque fueron ellos, y solo ellos, quienes derrotaron a la subversión marxista que pretendía para la Argentina un destino cubano.

Buenos Aires, 23 de octubre de 2016

Jose Luis Milia