Por Ricardo Angoso, 29 Mayo 2014 15:44
Abogado, historiador, político y periodista, Julio
María Sanguinetti ha sido dos veces presidente de Uruguay y primero de la etapa
democrática tras el periodo “cívico-militar” (1973-1985). Sanguinetti lleva en
la vida política de su país casi medio siglo, habiendo ocupado altas
responsabilidades, y siempre desde las filas de la socialdemocracia uruguaya:
el Partido Colorado. Ahora, ya retirado, sigue siendo un fino analista de la
realidad de su país y del continente y colabora en varios medios de comunicación.
TITULARES
“La Transición española fue un buen ejemplo para
toda América Latina, aunque las realidades desde las que partíamos aquí que
eran muy distintas a las de España”;
“Sin guerrilla no hay una explicación al golpe de
Estado de Uruguay”;
“Creo que es un éxito de la Transición que gentes
que estuvieron en la guerrilla hoy estén sentados en el gobierno, en las
instituciones, y tomando decisiones políticas”;
“Hubo elementos de las Fuerzas Armadas que sabían
que el país tenía que caminar hacia la democracia y que asumieron esa
responsabilidad, pactando ese retorno necesario con los civiles”;
“Lo que es injustificable y diría que hasta cínico
es que gobiernos democráticos del continente no tengan nada que decir y se
callen ante los sucesos de Venezuela”;
“La caída del Muro de Berlín también tuvo su
impacto en América Latina, ya que se abandonan las vías armadas y se firma la
paz en muchos países centroamericanos donde las guerrillas combatían”;
“Uruguay hizo la vista gorda ante un proceso claramente
dictatorial, ante el desastre que era la Venezuela de Chávez, pero no siguió a
esa locura afortunadamente”.
ENTREVISTA AL EXPRESIDENTE DE URUGUAY JULIO MARÍA SANGUINETTI
Ricardo
Angoso: ¿Se cumplieron las expectativas que ustedes
tenían con respecto a su Transición política, se sirvieron de algún modelo para
llevarla a cabo?
Julio
María Sanguinetti: La Transición española fue un buen
ejemplo para toda América Latina, aunque las realidades desde las que partíamos
aquí que eran muy distintas a las de España. Hay, sin embargo, una identidad muy parecida en todos estos
procesos, ya que el camino es el mismo: pasar de una situación de facto a una
de derecho. Nuestro primer objetivo, en ese proceso tan complejo, era lograr
que se hiciera en paz y que fuera inclusiva, es decir, que incluyera a todos y
nadie quedara fuera de la misma. En ese sentido, la Transición española nos
sirvió mucho y creo que hay varias figuras fundamentales, como lo fueron Adolfo
Suárez, Santiago Carrillo, Manuel Fraga, Jordi Pujol y el mismo Felipe González, que nos sirvieron como referentes
políticos.
En cuanto a nuestra Transición, yo diría que fue
un éxito porque el juego institucional no tuvo alteraciones desde los primeros
momentos y tampoco hubo violencia política. Ni siquiera rebrotes de insurgencia
militar. Si compara nuestra Transición con la de Argentina, verá que las cosas
son muy distintas y que en el país vecino hubo rebrotes de violencia
guerrillera y de insurgencia militar. Eso no ocurrió aquí, en el Uruguay, sino
que nuestro proceso se desarrolló en paz y diría que plácidamente. Pero creó que
eso sucedió porque nuestra sociedad, pese al periodo militar, nunca perdió sus
señas de identidad y valores fundamentales más allá de los fenómenos de
violencia política que el país vivió en las décadas de los 60 y 70.
Desde este punto de vista, y hablando
objetivamente, nadie puede negar que los resultados obtenidos en nuestro país
son muy distintos a los de la Argentina y que aquí las cosas discurrieron por
un camino muy distinto.
R.A.:
¿Cree que el proceso de modernización e integración de las Fuerzas Armadas en
el sistema democrático se hizo correctamente?
J.M.S.:
Desde el sistema institucional se hizo un esfuerzo por integrarlas y, sobre
todo, porque recuperaran el rol que debía corresponderlas como institución. ¿Ha
sido así?, en parte sí, le diría, y también, en parte, no. Por ejemplo, se
promulgó una amnistía para los guerrilleros que habían participado en la lucha
armada y otra para los militares que habían participado en actividades
represivas. Luego todo este asunto se concretó en una Ley que se llamó de
Caducidad y que fue ratificada institucionalmente y también mediante
referéndum. En dos ocasiones, los uruguayos votaron a favor de esa Ley y hubo
un gran consenso.
Pero, desgraciadamente, luego ha habido un sector,
hoy representado en el gobierno, que ha pretendido desconocer esta situación e
incluso decretó una Ley tergiversando lo que el pueblo había aprobado en
referéndum y que, a su vez, luego fue declarada inconstitucional por la Corte
de Justicia del país que caminaba en otra dirección. Se intentó ignorar esa
amnistía contraviniendo la tradición y lo que el pueblo había refrendado en una
votación. Esta situación condujo a un acoso en contra de la institución militar
que no es buena, que es más bien perniciosa. Afortunadamente, desde el otro
lado, desde las Fuerzas Armadas, no ha habido una reacción en contra.
R.A.:
¿Cooperaron los militares en la Transición?
J.M.S.:
Sin ninguna duda. Tuvieron un aporte fundamental a la Transición, además aquí
no hubo una implosión de la institución militar, como ocurrió en la Argentina
como consecuencia de la Guerra de las Malvinas, sino que nuestro cambio llegó a
través de un proceso de acuerdo que fue largo y que llevó un tiempo, que
arrancó en el referéndum de 1980. En ese momento, una propuesta del gobierno
cívico-militar fue rechazada por el pueblo y, a partir de ahí, se cierra una
puerta y se llega a la conclusión de que el único camino para cambiar las cosas
es el diálogo. Luego se producen los primeros movimientos hacia unas elecciones
libres y hacia una recomposición política del país. Hubo diálogo y negociación
en varias instancias.
Más tarde, en 1984, llega el famoso Pacto del Club
Naval. Todo este cambio fue el resultado de una larga negociación e
indudablemente la institución militar jugó un papel importante. Hubo elementos
de las Fuerzas Armadas que sabían que el país tenía que caminar hacia la
democracia y que asumieron esa responsabilidad, pactando ese retorno necesario.
No se llegó a las elecciones de 1984 por la gracia de Dios, sino que fue fruto
de un acuerdo entre el gobierno de facto y los militares con los partidos para
desembocar en ese proceso electoral. Se convocaron unas elecciones y se abrió
el camino hacia una democratización plena.
También hay que decir que una vez que se constituyeron
el nuevo legislativo y el nuevo ejecutivo, en 1985, ya no hubo restricciones y
ambos poderes actuaban con absoluta autoridad y legitimidad, a diferencia de lo
que ocurrió en Chile, en donde sí hubo restricciones y donde el dictador siguió siendo jefe de las
Fuerzas Armadas. En el parlamento chileno, además, había un conjunto de
diputados que habían sido designados y no electos, lo que marca la diferencia
con lo que estaba ocurriendo en Uruguay. Yo diría que el Pacto del Club Naval
fue ejemplar en ese sentido y sentó las bases para el posterior desarrollo
democrático del país.
R.A.:
¿Quién les apoyó en la escena internacional para llevar a cabo ese cambio
político?
J.M.S.:
Hubo un gran apoyo internacional, muy especialmente de España y, en concreto,
del gobierno de Felipe González. Y también de Francia, que estaba gobernada
entonces por Mitterrand. Eran gobiernos de mucho prestigio y nos ayudaron
mucho. Pero tampoco debemos separar el asunto regional, ya que vivíamos en todo
el continente un momento de apertura política y democrática. Se estaba
generando una democratización en toda la región. Argentina había retornado a la
democracia con el gobierno de Raúl Alfonsín. Lo mismo había sucedido en Brasil
pero por un camino muy distinto al argentino. Las Transiciones de nuestros
países fueron muy distintas, incluso en sus orígenes, pues no olvidemos que en
la Argentina el cambio vino fruto de una implosión de la institución militar
tras la derrota de las Malvinas. Y en Brasil fue fruto de una sorpresiva ingeniería
política que ocurrió dentro de las mismas instituciones que venían del régimen
anterior; fue inesperada pero exitosa y pacífica.
Uruguay es un caso aparte, ya que nuestra
Transición nace de un gran pacto político. Hubo caminos diversos, pero también
consecuencias distintas. En Argentina, por ejemplo, el primer gobierno no tuvo
paz y vivió en constante zozobra, mientras que en Brasil y en el Uruguay no se
dieron situaciones conflictivas o violentas desde el punto de vista militar.
También se dieron diferencias económicas sustanciales en estos procesos.
Argentina y Brasil vivieron turbulencias y una alta inflación, lo que no
ocurrió en el Uruguay, donde hubo un alto crecimiento para la época y una
estabilidad clara. Quiero decir que aun viniendo de situaciones y procesos muy
distintos, como ya le he descrito, todas llegaron a buen puerto, que es la
democracia.
R.A.:
En el caso de Uruguay, ¿no piensa que el juego político tradicional se ha roto
y ha entrado una nueva fuerza ajena al sistema, el Frente amplio, en el
gobierno?
J.M.S.:
Hubo un cambio indudable en la demografía electoral del país que siempre tuvo
un bipartidismo histórico, donde habían dos grandes partidos -colorado y
nacional-, que en términos europeos eran un partido liberal y uno conservador,
respectivamente, que venían de la tradición del siglo XIX. El colorado con una
base urbana mayor, sobre todo en Montevideo, y el otro, el nacional, con una
mayor inserción en el mundo rural y tradicional. Más tarde, ya el siglo XX, el
colorado se convierte en una fuerza más socialdemócrata y el nacional se va
haciendo más liberal. Fue una evolución lenta y paulatina. Los partidos de
izquierda no tuvieron una gran fuerza en esos momentos y esas ideas se
refugiaban o cobijaban en el movimiento colorado.
Llegamos a la segunda mitad del siglo XX y este
proceso se comienza a alterar. Teníamos que pasar de una economía cerrada a una
más abierta y ese camino obligaba a cambios no muy populares, sino todo lo
contrario. Todo proceso de transición económica es difícil e impopular. Así se
llega a la Revolución Cubana, que es vista con admiración en algunos sectores
de la sociedad y que se traduce en un rechazo del modelo democrático liberal.
Esas ideas llegan a nuestro país y, en 1963, se crea una guerrilla procubana
que aboga por la vía armada, un fenómeno que ocurrió en todo el continente
salvo en México. Hasta el propio Fidel Castro ha reconocido que fue el único
país donde no intentó desestabilizar el sistema y crear un proceso de tipo
revolucionario.
Así nos encontramos con que, por primera vez, en
el país se rompe la paz, tras más de 70 años de tranquilidad, y aparece la
violencia política, tanto guerrillera como urbana, en el sentido tradicional en
que se dan estos fenómenos en todo el continente. Se produce un gran choque en
el país que desestabiliza a la sociedad y a las instituciones. Y se llega al
golpe militar de 1973, fruto de todos estos movimientos y de esta violencia de
la que hablaba. Cabe decir dos cosas de este golpe. La primera es que no se
puede explicar este golpe de Estado sin la presencia de la guerrilla; las
Fuerzas Armadas del país nunca habían intervenido en política y nunca habían
salido de sus cuarteles; adquieren un rol de guardián debido a la presencia de
la guerrilla. Sin guerrilla no hay una explicación al golpe de Estado. Y la
gente, inicialmente, aplaude la intervención militar pero luego cambia de
opinión.
En segundo lugar, también añadir que la guerrilla
estaba ya derrotada cuando el golpe de Estado, no tenía futuro y no iba a llegar
al poder por la fuerza de las armas, eso está claro. Yo creo que hubo una
responsabilidad de los mandos militares de entonces por intervenir en la vida
política. Pero la guerrilla fue la responsable de que la sociedad se
radicalizase, se produjeron enfrentamientos en el país y se alteraron los
equilibrios básicos en la sociedad. El partido de gobierno de entonces, el
colorado, pasó de ser de centro izquierda a un centro más moderado, más a la
derecha, al tiempo que se implicaba en la represión del movimiento guerrillero.
A su vez, los partidos de izquierda se
identificaron con un proceso revolucionario que tenía ideas claramente
marxistas. El país había cambiado y cuando salimos de la dictadura esos cambios
también se manifestaron. Lentamente, hay un ascenso de los partidos de la
izquierda y, como resultado de la dictadura, se convirtió a los victimarios en
víctimas, lo cual es para mí la peor de las consecuencias del régimen militar.
El movimiento tupamaro, que había sido enemigo de
la democracia y que atacó al sistema constitucional, se convirtió en una
víctima. Y era el victimario, no lo olvidemos. Recibieron una bendición, los
tupamaros, que antes no tenían. Nunca habían tenido apoyo popular y después de
la dictadura, paradójicamente, lo tuvieron. Los partidos de izquierda se
unieron y comenzaron una prédica de rechazo a los partidos tradicionales. Pero
no olvidemos que la izquierda llega al gobierno, muchos años después, cuando
abandona el discurso revolucionario violento, cuando acepta las reglas de juego
y abraza un discurso político curiosamente instalado en la nostalgia. Esta coalición de izquierdas que gobierna
ahora se instala en la nostalgia de un viejo país progresista y reformista que
había tenido que cambiar en virtud de la evolución propia del Uruguay e incluso
del mismo Estado, que tenía que adecuarse a los nuevos tiempos. La izquierda se
transforma en el gobierno. Hemos crecido económicamente, pese a que gobierna
esta izquierda, porque hay una tendencia regional y el movimiento beneficia al
país, pese a lo que hiciera el ejecutivo. Los intercambios exteriores nos han
sido muy favorables.
Pero, a su vez, hubo un deterioro en el aspecto
social; la educación retrocedió, claramente, y también en la seguridad pública.
También se detectan ciertas grietas en la Justicia, aunque sin ruptura y vuelta
atrás, pero se desconocieron algunas Leyes y referendos. Se incorporaron al
sistema fuerzas que estaban fuera del sistema, como los tupamaros, y también
llegó el desgaste. Cambiaron el discurso, como en el tema de la deuda externa y
el Fondo Monetario Internacional -que era visto como un demonio-, y eso tuvo
sus costes. Pasaron de ver a los Estados Unidos como el diablo a tener que
hablar y dialogar con sus presidentes. Les tocó asumir la realidad y cambiar su
discurso inicial. Incluso la sumisión y seguimiento de las políticas
norteamericanas es mayor que con respecto a gobiernos anteriores. Así se
producen choques entre los que defendían el discurso revolucionario del pasado
y los que se adaptaron a los nuevos tiempos. Pero, en fin, creo que es un éxito
de la Transición que gentes que estuvieron en la guerrilla hoy estén sentados
en el gobierno, en las instituciones, y tomando decisiones políticas.
Cívicamente, este hecho demuestra que nadie quedó fuera de la Transición y que
fue incluyente, exitosa en términos de integración política.
R.A.:
¿No cree que en los últimos tiempos se ha degradado mucho la calidad de la
democracia en el continente?
J.M.S.:
La democracia tuvo un buen momento en las décadas pasadas. Luego llegó el
“aluvión” dictatorial del que solo se salvaron Colombia, México y
Venezuela. El resto del continente cayó
en dictaduras. O en dictaduras comunistas, como fue el caso de Cuba. En los
años 80, por ejemplo, hubo un resurgimiento de la democracia. La caída del Muro
de Berlín también tuvo su impacto en América Latina, ya que se abandona las vía
armada para llegar al poder y se firma la paz en muchos países
centroamericanos, donde las guerrillas combatían ferozmente.
La desaparición de la Guerra Fría vino a ser un
factor de estabilidad para todo el continente y ya sitúa a la democracia como
única alternativa. Luego, este crecimiento económico crea también sus
desórdenes y genera el populismo, que nace siempre en tiempos turbulentos y no
en épocas de rigor. El populismo nace de un momento de euforia y cuando tiene
recursos para repartir desde una estructura formalmente democrática, pero donde
el presidente se acaba situando al margen de las instituciones y donde los
movimientos acaban sustituyendo a la representación parlamentaria.
Luego se utilizan los fondos del Estado y se ponen
al servicio del movimiento, de la causa. Pero también se detectan alarmas de
que este movimiento populista en el continente está en crisis, tal como se está
viendo ahora en Venezuela e incluso en Ecuador, donde ya hay contestación a la
forma en que se hacen las cosas. El gobierno de Correa ha perdido en las
elecciones locales en casi todas las ciudades importantes del país y eso muy
significativo, creo yo. La propia Argentina, que se encaminaba hacia un
populismo económico, hoy está haciendo un ajuste económico ortodoxo y un
reconocimiento a los principios liberales clásicos. De modo que hoy tenemos ese
fenómeno espurio que es el populismo y que estimo que empieza a decaer, que
está en el comienzo de sus horas bajas.
Con la democracia ocurre que cuando la situación
económica es buena nadie habla de ella, pero cuando llega la crisis la gente
comienza a recelar y le pasa facturas a la democracia que no le son propias. La
democracia es un sistema de institucionalidad, son unas reglas de juego básicas
para que los actores se desenvuelvan y jueguen. Los ciudadanos tienen que ser
la base del sistema democrático. Los dirigentes políticos no son aerolitos
desconocidos que caen en los países, sino que los ciudadanos los votan, como
ocurrió con Menem en Argentina y con Fujimori en Perú, que ahora parece que
nadie les votó y que cayeron del cielo, cuando no fue así, sino que ganaron
elecciones democráticas. Las masas ciudadanas ponen y quitan, igual que en
Europa. Tenemos un mundo más complejo, más competitivo, y eso crea situaciones
de cambio.
R.A.:
¿Le preocupa la evolución que pueda tener la situación actual de Venezuela?
J.M.S.:
Lo de Venezuela es un desastre, ya ha concluido mal. Cuando uno tiene una
situación de caos económico total, de colapso pleno, de enfrentamiento social
violento, de pérdida de la institucionalidad, ¿qué más puede esperar? Venezuela
no va a acabar mal, es que ya está muy mal y quizá evolucione a peor. La pregunta
es: ¿cómo saldremos de esta situación caótica que vivimos?
R.A.:
¿No echa en falta que nadie haga de nada y que Venezuela esté al borde de una
guerra civil?
J.M.S.:
Claramente, se observa un doble discurso injustificable de los gobiernos
democráticos de América Latina. Entiendo mucho más la prudencia de los Estados
Unidos, ya que siempre este país es utilizado con fines nacionalistas cuando
interviene en contra de un gobierno populista o que se autoproclama de
izquierdas. Lo que es injustificable y diría que hasta cínico, es que gobiernos
democráticos del continente no tengan nada que decir y se callen ante los
sucesos de Venezuela. Este asunto es realmente lamentable y deja a la oposición
venezolana en una total soledad y aislamiento. Esa soledad se quiebra porque
los medios nos transmiten la brutalidad de lo que allí está sucediendo.
En Venezuela se está viviendo en un retroceso
político en todos los órdenes. Hasta me atrevería a decir que la complicidad de
los gobiernos democráticos con Venezuela no comienza hoy con los disturbios que
estamos viendo, sino viene de antes. Ha habido cierre de medios, restricciones
en la libertad de expresión, y nadie ha dicho nada de nada. El sistema
populista chavista ha atacado y agredido todas las bases de un sistema
democrático desde hace años, este fenómeno no es nuevo y nadie lo denunció.
Ocurre que hay una influencia económica, como le ocurre a Brasil, que tiene
grandes intereses en Venezuela. Luego estos gobiernos populistas defienden a
Venezuela para mantener a sus bases contentas en ese tira y afloja entre las
ideas y la realidad, como ocurre en Uruguay y en Chile. Venezuela está hundida
y acabada, mientras el mundo y especialmente el continente callan para no
desagradar al régimen. Nadie asume su responsabilidad. Pero que los gobiernos
democráticos no tengan nada que decir ante lo que está ocurriendo es una
vergüenza. Están ocurriendo hechos gravísimos y los demócratas se callan, ¿a
dónde vamos ir a parar?
R.A.:
¿Y Uruguay en qué posición se encuentra frente a estos hechos?
J.M.S.:
Yo diría que el chavismo no ha hecho doctrina y ese proyecto que lo pretendía,
en el sentido de ser el “socialismo del siglo XXI”, no tuvo éxito. Desde el
primer día fracasó porque Castro, a diferencia de Chávez, sí representaba un
fenómeno mundial, el comunismo, en expansión. Castro era el apoderado del mundo
comunista en América Latina. Chávez no llegó a ese nivel. Era carismático,
tenía dinero, despilfarraba los recursos, generando unas simpatías y unas
adhesiones fieles, pero nada más. Nadie siguió en el mundo esa locura de
sistema, que era un fracaso total. Uruguay hizo la vista gorda ante un proceso
claramente dictatorial, ante el desastre que era la Venezuela de Chávez, pero
no siguió a esa locura afortunadamente.
R.A.:
¿No asiste asombrado al éxito internacional del presidente Pepe Mujica?
J.M.S.:
¿Asombrado?, no, para nada, porque se dan todas las condiciones para que sea
popular. Y lo es porque es un presidente distinto a todos los que había habido
en Uruguay hasta ahora y también a todos los que vendrán. Mujica es único.
Cultiva el probrismo, es decir, el desenfado, el desaliño en todas sus formas y
se presenta en los actos oficiales en chancletas. Luego hace una filosofía
popular simplista y habla de los grandes temas como si fueran cuestiones
pueriles, y la gente le ríe la gracia. Se dan todos los ingredientes para que
sea un personaje popular y atractivo a los medios, aunque solo sea por sus
excentricidades que cultiva con éxito. Ha tenido mucho impacto mediático debido
a sus aspectos folclóricos. Una cuando escribe lo hace buscando algo
excepcional y raro, como lo es Mujica. El desaliño no es modestia, sino otra
cosa. Lo malo es que se confunde que Mujica fue un guerrillero con un hombre
valiente. Mujica nunca luchó contra la dictadura, sino que todos sus tiros los
disparó contra un sistema democrático y constitucional. El movimiento tupamaro
intentó tumbar a la democracia, no lo olvidemos. En ese folclore populista,
aparte de otros ingredientes, está la imagen de guerrillero romántico, pero ya
le digo que no se asemeja esa idea con
la realidad.
R.A.:
¿Espera cambios políticos en las próximas elecciones?
J.M.S.:
No diría que se debe descartar, objetivamente. Hasta hace un año todas las
encuestas daban la mayoría a la izquierda, al Frente Amplio, y hoy ya no es
así. Se apunta a que habrá una segunda vuelta y que la mayoría es mucho más
exigua. Hay una paridad de fuerzas e incluso en Montevideo, donde el Frente
Amplio era mayoría. El desgaste de la izquierda ya se percibe de una forma
clara. Viven un desgaste porque llegaron al poder con un discurso “sesentista” y
luego tuvieron que asumir la democracia liberal y la economía de mercado, lo
que no estaba en el guión pero que vino impuesto por la realidad. Entonces,
hubo un choque entre el equipo económico, que está más ligado a la tradición
anterior, y el mundo sindical y el Partido Comunista, más “pegados” a la
tradición tupamara y guerrillera.
R.A.:
¿Cómo examina estos juicios y procesos a los militares uruguayos que
supuestamente tuvieron algún papel durante el periodo que usted domina
“cívico-militar?
J.M.S.:
Nuestra Transición fue pacífica y asentada sobre la base de una doble amnistía
que amparaba a militares y tupamaros. Así se estableció y todos los presos
salieron a la calle. Este asunto se ratificó legalmente y fue avalado con el
voto popular a través de un referéndum. Hubo dos plebiscitos.
Desafortunadamente, ha habido un sector político y otro judicial que han creado
grietas en ese pacto que hubo inicialmente. Estos juicios a los militares han
quebrado ese pacto y van en contra la voluntad popular. Se quería impedir esa
“cascada” de juicios que, en ningún caso, debían impedir el conocimiento de la
verdad, de lo que realmente ocurrió en ese período. Verdad toda lo posible que
se pudiera llegar a conocer, pero juicios, no, porque ese momentos estimábamos
en que era mejor mirar hacia el futuro que hacia el pasado, esa era la idea
básica que nos movía. Creo que es un fenómeno judicial y no político, pero
considero que tiene que ser la Corte de Justicia la que tiene que poner el
punto y final. Estos procesos son grietas en un proceso de Transición que
considero que ha funcionado en términos generales muy bien, que ha permitido
una institucionalidad y un cambio político. Dejemos de una vez por todas el
pasado atrás y miremos hacia el futuro, no hay vuelta atrás.
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