viernes, 12 de abril de 2013

DEMOCRACIA CHORICERA

Por Mauricio Ortín, Profesor de Filosofía - UNSa

Una gran parte de los argentinos considera al actual sistema “democrático” de gobierno como el mejor de todos los posibles. Supuestamente garantiza, como ninguno, el bienestar general, como también la libertad y el progreso espiritual y material de los individuos. Esto es, evidentemente, falso. Y no porque el imperfecto sistema republicano consagrado en la Constitución Nacional sea inviable, sino porque, sencillamente, éste es violado de manera sistemática por el Gobierno nacional en funciones.

Es un debate terminado y concluyente, en la Argentina, que el voto de la mayoría debe ser el que elija a quien presidirá Poder Ejecutivo. En cambio, no sucede lo mismo cuando quien fue elegido mayoritariamente decide avanzar sobre los derechos de las minorías establecidos en la Carta Magna (para el kirchnerismo, por ejemplo, parece ser lo más natural del mundo). El abuso de poder es un fenómeno universal que tiene su origen en la naturaleza humana. El autoritarismo es una enfermedad endémica de la sociedad que solo puede ser controlada con el debilitamiento del poder absoluto del Estado mediante la división en tres poderes independientes. El autoritarismo “democrático” confunde el poder limitado y delegado para administrar el Estado con la suma del poder público, que decide sobre la vida y la hacienda de cada uno y de todos los habitantes. La mayoría (obtenida en una elección presidencial), por el mero número, no adquiere por simpatía el estatus de principio ético o razón suficiente para justificar cualquier política desde el Estado. Por lo contrario, el respeto irrestricto de la persona humana por parte del gobierno es la base principal del Estado de Derecho; cualquier otra cosa es totalitarismo vestido con ropaje de “democracia”. La mayoría, a Hitler, no lo consideraba ni democrático ni, mucho menos, republicano. El problema cardinal en cualquier sociedad es el abuso de poder; provenga del Estado o de donde provenga. El obtener circunstancial o permanentemente la mayoría no debe operar como una suerte de elección del déspota de turno. Lo ideal sería que nadie ni nada coarte los derechos de la persona por el solo hecho de serlo; fundamentalmente que el Estado, dada su negra y milenaria historia de terror, estafa, fraude, crimen, guerra, extorsión y espanto sobre los individuos, deje de victimizarse y reclamar más poder para sí

Es una mentira funcional al totalitarismo el afirmar que “todos somos el Estado”. “L’État c’est moi” (El estado soy yo), frase atribuida al rey Luis XIV, ilustra como ninguna al Estado real frente al ilusorio de los totalitarios. Ramsés, Cleopatra, Atila, Enrique VIII, Idi Amin, Stalin, Hitler, Napoleón, Fidel Castro, Hugo Chávez y tantos otros se apropiaron, en cada caso, de esa frase: “El Estado soy yo”. La forma monárquica, imperial, comunista, fascista o “democrática” por la que accedieron al poder es anecdótica; lo verdaderamente sustancial es cómo, por su intermedio, los tiranos arrasaron y arrasan con la libertad y la hacienda de los sometidos. La “democratización de la Justicia” que pretende poner en vigencia el kirchnerismo a través de las cámaras, es el último peldaño hacia el totalitarismo a secas. El Poder Judicial independiente de la Argentina, a pesar de Oyarbide, Zaffaroni y tantos otros, agoniza pero aún respira. Su “democratización” es el tiro de gracia final. Significa que los jueces serán nombrados o expulsados por un Consejo de la Magistratura cuyos miembros serán elegidos por el voto popular. Es decir, por este sistema tramposo que permite que el que detenta el poder use y dilapide los fantásticos recursos de todos para instalarse como el mejor candidato, demonice a la oposición y los medios, compre voluntades y, así, gane elecciones. “Correr (y ganar) con el caballo del comisario” no es ni democrático ni otorga aval ni legitima el poder. Mucho menos para elegir a los que deben controlar al “comisario”.

El presidente Bartolomé Mitre (objeto favorito de repudio de los intelectuales K), apenas asumido el cargo, solicitó a la oposición los nombres de los notables para integrar la Corte Suprema de Justicia de la Nación. Mitre no accedió a la presidencia a través del sufragio universal, secreto y obligatorio. La ley Sáenz Peña es una conquista posterior; sin embargo, por la independencia de la Justicia hizo infinitamente más que todos los mandatarios, de facto o constitucionales, que lo sucedieron (singularmente, esta desvergonzada, choricera y totalitaria “democratización de la Justicia” presentada por los K).


FUENTE: http://www.eltribuno.info/salta/270223-Democracia-choricera.note.aspx

NOTA: Las imágenes y negritas no corresponden a la nota original.