viernes, 12 de abril de 2013

¡SOY UN GIL!


... ¡Lo que más bronca me da
es haber sido tan gil!
“Chorra”
Tango de Enrique S. Discépolo.

Y no tengo empacho en reconocerlo.

Soy de los que no comprendían la política del odio implementada contra todo aquel que opinara en forma independiente y en disidencia con el relato oficial. Supuse inicialmente que, careciendo el Dr. Néstor Kirchner de base partidaria que lo respaldara, con apenas el 20 % de un electorado que sólo lo conocía por fotos –el 19 % lo había votado por descarte y contra Menem– apeló al negocio de los Derechos Humanos para satanizar y santificar a diestra y siniestra con el objetivo de arrimar tropa a su redil. No le importó violar la Constitución, los tratados internacionales, ni los principios generales del derecho. Pero también supuse que, una vez logrado este fin, continuaría con la transitoria pacificación que habían logrado anteriores gobiernos democráticos, que la ansiada unión y concordia de los argentinos sería reconocida como una política de estado que todo gobierno tendría la obligación de continuar e inclusive perfeccionar.


¡Qué gil!

Tiempo después, cuando la 125 y el “voto no positivo” imaginé que Cristina tenía ante sí la maravillosa oportunidad de llamar a las partes interesadas y sentarlas frente a ella, supuse que finalmente dialogaría en una muestra “urbi et orbi” de que argentinos éramos todos y todas y que ella estaba dispuesta a escuchar las proposiciones sin discriminación alguna.


¡Qué gil!

También creí que la tragedia de Once podía ser otra chance y que seguramente Cristina la aprovecharía para compensar su “ausencia” de Cromagnon y que su solidaridad con víctimas y deudos le permitiría acercarse al pueblo y, ahora sí de una vez y para siempre, avanzar firmemente en pos de la paz y la concordia argentina. Esta vez no me equivocaría...


¡Qué gil!

Y así siguieron los variados y conocidos capítulos de nuestra reciente historia que se presentaban como inmejorables oportunidades para dejar de lado actitudes hostiles, poses soberbias, autoelogios desmesurados, infantiles mentiras sobre logros imaginados, ocultamiento y deformación de la realidad, y avanzar de una vez por todas en lo que el propio fundador del partido gobernante, el mismísimo General de la gardeliana sonrisa, intentó en su pacificador otoño: La unión y concordia de los argentinos.

Pero nada cambió y así llegamos al ridículo internacional. Tan grande es la división y antagonismo logrado por nuestros actuales gobernantes que hemos superado lo insuperable. La histórica designación de un cardenal argentino para ocupar el trono de Pedro provocó, como no podía ser de otra manera, orgullo y odio al mismo tiempo; emocionadas lágrimas apenas contenidas del 90% de la sociedad y sonoras silbatinas de los reptiles de siempre se entrecruzaban en el cielo patrio. Y peor aún, quienes ayer le habían dado la espalda, humillándolo e ignorando sus constantes pedidos de audiencia, imputándole delitos de lesa humanidad que sólo existían en sus afiebradas y perversas imaginaciones, horas después se alineaban a su lado, unidos y arrodillados, jurándole amor eterno.

Aunque tarde, finalmente tal vez la concordia, la paz y fraternidad habían llegado de la mano de Francisco. Los odios darían paso al respeto, los ataques a la comprensión, las dudas a la fe.


¡Qué gil!

Una nueva y triste calamidad se lleva vidas y bienes de argentinos y nuestras autoridades juegan al patrón de la vereda, echándose culpas de mutuos y compartidos errores y discutiendo cual comadres de barrio ante la aterrorizada y doliente mirada de miles de argentinos que han sido víctimas de las peores lluvias registradas en décadas, perdiendo seres queridos y todos sus bienes. Lluvias que nadie pudo prever, pero cuyas lamentables consecuencias esos mismos incapaces que compiten en acusarse podrían haber evitado o reducido sensiblemente sus efectos.

Porque no hubo previsión, y si hubo intentos no se permitió llevarlos a la práctica. No hubo autorizaciones para endeudarse ni hubo partidas que constitucionalmente le pertenecían a la Ciudad o a la Provincia de Buenos Aires, la tan mentada obra pública fue corrupta e incompetente, se obstaculizó todo lo posible el retiro de Aduana de la maquinaria requerida para tareas hidráulicas indispensables. La ciega obstaculización a todo proyecto progresista no generado en la usina K, fue el pan de cada día.

Hoy el odio confirma que está más vivo que nunca y hace cola para pegarle al Jefe del Gobierno porteño por estar fuera del país, como si la tragedia se hubiera limitado a la Capital Federal. Horas después, comprobado que el desastre se abatió también sobre La Plata y alrededores, y siendo que tampoco estaban presentes ni el Vicegobernador Mariotto, ni el Intendente Bruera (Río de Janeiro), ni la Ministra de Acción Social Alicia Kirchner (París), los mismos acusadores se apretujan ahora para reconocer el “inocente error”, inclusive justificar a quien desde Copacabana aseguró estar colaborando con los damnificados con foto y todo, pretendiendo su inocencia y culpando a su “operador de Tweeter”. La perversión y la estupidez no tienen límites.

Y ante tantas ausencias, el operativo de ayuda es encabezado por el Secretario de Seguridad, Sergio Berni. El mismo que afirmó que la inseguridad era una sensación, una mentira más de Clarín. El mismo a quien pocas horas después le robaron el automóvil oficial que utiliza para sus importantísimos operativos.

Y finalmente debo decir que también imaginé a la oposición agrupada algún día, tras un candidato electo democráticamente y con el resto en patriótico compromiso de acompañarlo en su gestión desde el lugar que finalmente a cada uno le toque. En definitiva las más importantes políticas de Estado son pocas – economía, educación, salud, justicia, asistencia social– y todos concuerdan en ellas, por lo tanto quien las enuncie en su programa de gobierno y las lleve a la práctica seguramente contaría con el amplio apoyo de la ciudadanía.


¡Qué gil!

¡Qué decepción! Hemos llegado a formar un partido político en cada consorcio de propietarios. Todos aspiran a sentarse en el sillón de Rivadavia. Nadie quiere ser parte de coalición, frente o unión alguna si no es portando el brazalete de capitán.

Y así estamos. “El mundo se nos cayó encima” dijo alguien. Y si fuera así, el mundo tiene mucha puntería dado que ninguno de nuestros vecinos recibió siquiera un cascotazo.


Hoy nuevamente la muerte golpeó nuestras puertas. Y los funcionarios con una crueldad rayana en la perversión se dedican a intercambiar acusaciones importándoles muy poco, o nada, las víctimas de su soberbia, de su odio, de su corrupción, de su incompetencia, de su egoísmo.

Algún día deberán pagar por sus acciones y sus omisiones.

Juan Manuel Otero