lunes, 15 de julio de 2019

LOS CARAPINTADAS Y UNA FALACIA QUE SE REITERA SOBRE LA DEMOCRACIA


No hubo nunca intento alguno de golpe de Estado. Ese fue el recurso de la propaganda del régimen a fin de escamotear la verdad de lo que estaba ocurriendo.

Aldo Rico durante el desfile del pasado 9 de Julio, en la Avenida del Libertador

Por María Lilia Genta y Mario Caponnetto

La aparición de Aldo Rico en el desfile militar del pasado 9 de julio y las posteriores declaraciones del ministro Aguad, quien refiriéndose a las sublevaciones carapintadas las calificó como “un episodio muy chiquito”, han tenido la virtud de traer a la memoria aquellos hechos, ya un tanto lejanos, a la par que han reavivado la histeria democrática de políticos, comentaristas y periodistas varios. De pronto se nos vino el 87: la Semana Santa, Alfonsín, las “Felices pascuas, la casa está en orden”, el grupo de militares sublevados que lo que menos pensaban era derrocar al gobierno ya que todo se limitaba a una interna militar, esto es, los mandos medios contra la ineptitud y la defección de los altos mandos.

“Dictadura o Democracia”, tal el lema impuesto por el establishment democrático en aquellos años y reflotado hoy. Pero se trata de una enorme falacia. Los carapintadas jamás cuestionaron la democracia ni tuvieron entre sus objetivos acabar con el gobierno de Alfonsín. Así lo reconoció, por otra parte, expresamente en su sentencia el Tribunal que tuvo a su cargo el juzgamiento de los responsables del levantamiento.

No hubo nunca intento alguno de golpe de Estado. Ese fue el recurso de la propaganda del régimen a fin de escamotear la verdad de lo que estaba ocurriendo. En efecto, era más redituable a los fines del Gobierno y de la entera partidocracia montar un escenario de golpismo militar (con todo lo que ello implicaba), convocar a la ciudadanía a “defender la democracia” aún al precio de llevar civiles armados a Campo de Mayo exponiendo irresponsablemente a muchos de ellos a una masacre (cosa que gracias a Dios y al buen tino de los sublevados no ocurrió), era, repetimos, más redituable alimentar esa farsa que reconocer la verdadera naturaleza del movimiento militar y la gravísima responsabilidad que le cabía tanto al Gobierno como a la cúpula castrense en el desencadenamiento de los episodios en curso.

LAS VERDADERAS REAZONES DEL CARAPINTADISMO

Los carapintadas fueron el fruto de una inédita crisis de autoridad militar y política. Para entender lo que pasó es necesario decir algo que casi nadie dice pese a ser el hecho más relevante de la historia contemporánea de la Argentina. Tal hecho es que la Democracia impuesta a palos a partir de 1983 fue hija de la derrota de Malvinas. Fue, salvando las distancias y mutatis mutandis, nuestro Versalles. La derrota de Puerto Argentino tuvo (y sigue teniendo) pesadísimas consecuencias: fuimos desarmados, se nos impuso -como a la Alemania de 1918- la humillación y la indefensión. Nuestras Fuerzas Armadas tenían que ser destruidas, desmovilizadas material y moralmente, reducidas a la nada como tributo de nuestra derrota. Y así se hizo. El Gobierno de Alfonsín tuvo a su cargo llevar a cabo ese siniestro objetivo; lo cumplió acabadamente y continuaron y continúan cumpliéndolo los gobiernos que le sucedieron hasta el día de hoy.

Prueba de lo que decimos es que este fenómeno de desarme total sólo se dio en nuestro país. Nuestros vecinos, que pasaron también por similares procesos de transición de gobiernos militares a gobiernos democráticos, no experimentaron nada semejante. Hubo sí, juicios y prisiones para los militares (aunque en escala incomparablemente menor) pero las Fuerzas Armadas no sufrieron merma alguna en su capacidad operativa. Basten los ejemplos de Brasil, Chile y Uruguay. El instrumento principal (pero no único) al que se echó mano para consumar la voluntad de los vencedores fue la llamada “política de derechos humanos”, la que en Argentina se aplicó con extremo rigor y singular virulencia. Y aquí se inserta, como veremos, el fenómeno carapintada.

Contrariamente a lo sucedido, tras el inicuo Tratado de Versalles, en Alemania, cuyos jefes militares supieron sobreponerse con admirable espíritu a las duras imposiciones de los vencedores manteniendo viva y bien alta la moral de combate, en Argentina nuestras cúpulas militares tuvieron, en general, una actitud de vergonzoso derrotismo, de conformismo deshonroso y de abandono de sus subalternos. Cuando comenzaron a llegar las citaciones de los tribunales y la amenaza cierta de cárcel para quienes sólo habían cumplido órdenes, estalló la crisis. El mando se quebró y así, ante la falencia palmaria de los superiores, cobraron necesariamente protagonismo los mandos intermedios.

Este fue el origen del llamado movimiento carapintada; y esa fue, casi, su única razón de ser: frenar la marea de juicios y de cárcel ante la ofensiva ideológica del Gobierno civil y la abdicación del Mando militar. Algunos de sus líderes vieron un poco más allá y avanzaron hacia reivindicaciones que tenían que ver con el pavoroso proceso de indefensión que se cumplía sin pausa. Esta fue la innegable cuota de dignidad y de nobleza que debe serle reconocida. Hasta los mismos jueces que condenaron a esos líderes admitieron que habían actuado movidos por altos ideales de dignidad y honor.

GRACIAS Y DESGRACIAS DEL MOVIMIENTO CARAPINTADA

No obstante, y esto también deber ser dicho, la evolución posterior del movimiento carapintada deja un saldo de luces y sombras. El carapintadismo, en efecto, tuvo ciertos logros. El más significativo, sin duda, las Leyes de Punto Final y Obediencia Debida. Estas leyes conseguidas por los “héroes de Malvinas” (como los llamó Alfonsín en aquel discurso de Pascua a su regreso de Campo de Mayo) fueron beneficiosas en orden a la pacificación nacional y lograron que muchos subalternos, en su mayoría en actividad por entonces, citados a juicio por los tribunales de la venganza, pudieran permanecer en libertad durante casi veinte años al cuidado de sus hijos y sus familias. No fue poco, sin duda.

Sin embargo, no pudo frenar el proceso de sostenido desmantelamiento del aparato militar que nos ha llevado a esta situación de indefensión inédita en toda nuestra historia. La fractura de la cadena de mandos en el Ejército trajo aparejadas consecuencias graves en orden a la disciplina que no pueden obviarse en un análisis objetivo. En este sentido, el segundo episodio, el de Monte Caseros, careció por completo de razones objetivamente válidas y obedeció más a cuestiones de reivindicaciones personales.

Por aquella época, Rico desoyó los prudentes consejos de algunos camaradas de su misma graduación y de algunos amigos civiles y los sustituyó por una suerte de “Estado Mayor” constituido por capitanes. Esto nos consta de manera directa ya que por circunstancias que no viene al caso detallar fuimos testigos de ciertos hechos que así lo confirman.

A nadie escapa que en una institución eminentemente jerárquica como el Ejército, semejante situación tenía que terminar produciendo caos, desconcierto y dispersión ad intra del mismo sector carapintada. Por eso nos contamos entre los muchos que le pedimos al Coronel Seineldín su regreso al país a fin de que con su enorme prestigio -un prestigio que trascendía los sectores entonces enfrentados- pudiera de algún modo recomponer el mando, la unidad y la disciplina. También estuvimos entre los muchos que le aconsejamos al Coronel que desistiera del levantamiento del 3 de diciembre de 1990 (el último de la “serie” carapintada) por considerarlo inoportuno e inviable.

Por último, la posterior incursión de algunos líderes carapintadas en la política y su inserción en el sistema de los partidos dio paso a otra historia que también está pendiente de una adecuada evaluación.

¿FUE CHIQUITO?

A la vuelta del tiempo, ¿fue el movimiento carapintada un acontecimiento “muy chiquito” como sostuvo el Ministro Aguad? Sí y no. Fue “chiquito” si se intenta hacer de él una epopeya democrática, una suerte de gesta que salvó a la democracia naciente y aún débil como insiste en presentarlo la historia oficial. Nada de eso. Es uno de los tantos relatos mentirosos a los que nos tiene acostumbrados esta democracia nacida de la derrota de Malvinas. Por otra parte, Alfonsín pudo decir “la casa está en orden” sólo porque había aceptado en alguna medida las razones o presiones de los jefes carapintadas en Campo de Mayo. En este sentido, Aguad tiene razón y, quizás sin proponérselo, tuvo un rapto de sinceridad.

Pero no fue nada “chiquito” para quienes hicieron lo que pudieron por defender a nuestras Fuerzas Armadas y lo perdieron todo. Nos tocó acompañar el sufrimiento de tantas familias militares, el fin de tantas carreras prometedoras y aún brillantes tronchadas, los duros años de presidio. Al término de los cuatro episodios que jalonaron la historia del carapintadismo, la derrota fue total por lo que hubo cada vez más familias que acompañar y auxiliar, muchísimos más oficiales y suboficiales seriamente comprometidos en procesos judiciales que requirieron defensores ante los tribunales militares (entonces funcionaba todavía la justicia militar como funciona en casi todos los países del mundo a pesar de que ya el alfonsinismo le había dado un golpe de muerte al sujetarla a la revisión de los tribunales civiles).

AL FINAL, TENIAN RAZON

Insistimos en que cuanto llevamos dicho nos consta por directo conocimiento y creemos oportuno traer, precisamente ahora cuando el tema ha sido reflotado, nuestro modesto testimonio. El carapintadismo fue la eclosión dolorosa, inorgánica y aún desesperada ante una grave situación que quienes debieron verla y actuar en consecuencia no la vieron. Lo que un Teniente Coronel, primero, y un Coronel, después, encabezaron arrastrando tras de ellos a no pocos que se contaban entre los mejores, no puede reducirse al simplismo de considerarlo el último residuo del golpismo militar.

No son ellos, los que protagonizaron aquellos hechos, los que deben ser juzgados sino más bien el juicio histórico ha de recaer sobre quienes tuvieron en esos momentos la responsabilidad de conducir las instituciones militares y el poder civil que fue el agente de la sistemática indefensión de la Nación. Las cúpulas militares son particularmente responsables pues asistieron irresolutas e impávidas ante esa obra demoledora de indefensión acompañada de una persecución judicial que afectaba a sus subalternos.

En cambio, y en contraste con lo anterior, recordamos algunos alegatos judiciales que han quedado como testimonio de la verdadera historia. Para muestra mencionaremos solamente tres. Primero, el del Coronel Seineldín que fue una rigurosa exposición militar, acompañada de todos los recursos didácticos de la época, sobre el estado de la situación de nuestras Fuerzas Armadas y la Defensa Nacional. Nos consta que al término de esta exposición algunos miembros del Tribunal se acercaron a agradecerle al Coronel por haberlos ilustrado. El segundo, el sobrio, exacto alegato del Mayor Romero Mundani que conmovió enormemente al auditorio pensando sobre todo en el suicidio de su hermano Coronel. El tercero, el del Capitán Breide Obeid que fue un apasionado alegato político y doctrinal que, con entraña y estilo, sacudió la frialdad del ambiente jurídico.

Recordando aquellos alegatos podemos decir que, después de todo, pasó lo que los carapintadas supieron ver con anticipación: al final la demolición de nuestra defensa se consumó y hoy, gracias a la mentida “lesa humanidad”, comparten la cárcel antiguos carapintadas y sus otrora adversarios caralavadas.

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