miércoles, 22 de enero de 2014

QUÉ POCO LES DEBEMOS

20/01/2014                                                               
Por Mauricio Ortín
                              
Qué poco les deben, a los intelectuales de su país y del mundo, los perseguidos políticos argentinos por el gobierno nacional (oficialismo y oposición). La izquierda revolucionaria, allí donde logró conquistar el poder, se ha caracterizado por perseguir y aniquilar a todo sospechoso de amenazar la estabilidad del sistema totalitario impuesto. Los procedimientos utilizados para este fin oscilan desde el asesinato directo, brutal y público hasta el homicidio precedido por una farsa llamada “juicio”. Así, por ejemplo, el mayor asesino de la historia, el comunista José Stalin, se deshizo de casi todos sus compañeros bolcheviques con el simple expediente de acusarlos por el crimen de “desviacionismo burgués” y de conspirar contra la revolución comunista. Este tipo de sutilezas se reservaba solo para los miembros del partido comunista y el gobierno (a los personas ordinarias se los asesinaba sin trámite alguno). Para la versión latina de la “justicia izquierdista” con el “juicio”, y posterior condena a muerte, al General Arnaldo Ochoa, a Tony de la Guardia y otros militares cubanos por parte de la dictadura de Fidel Castro, alcanzaría; sin embargo, la “justicia” argentina también ha hecho sus méritos en ese sentido. Ello, porque resulta indisimulable la influencia nefasta del “derecho” penal comunista en procesos judiciales por crímenes de lesa humanidad. Comenzando por la iniquidad que implica el que la figura de crimen de lesa humanidad sea aplicable a todos salvo a los que pertenecieron a la izquierda. 


Haber participado en asesinatos, secuestros y robos no constituye un crimen de lesa humanidad si el que lo perpetró puede demostrar que perteneció a las bandas Montoneros o ERP. Más aún, sus testimonios  son tenidos por los jueces como “palabra santa” y principal prueba de cargo para condenar a militares, policías, curas, empresarios y funcionarios públicos que actuaron en los ’70. Estos últimos no tienen posibilidad de redención alguna ya que llevan, en la frente, la marca cainita de pertenecer a la “maldita” derecha (para la izquierda, Caín, necesariamente, fue el primer derechista de la humanidad.)


La presencia del sesgo ideológico marxista que domina el proceso judicial se manifiesta, por ejemplo, en el contexto histórico de los hechos que hacen los jueces y fiscales. En esos escritos, jóvenes idealistas son ferozmente reprimidos por fuerzas policiales o militares. Poco o nada se dice de los motivos de los brutales asesinatos cometidos por los “idealistas”.

En relación a la validez de los testimonios, habría que considerar que los subversivos manifestaron en su momento (antes de que comenzara la represión peronista de la triple A), en estricto cumplimiento su ideario marxista, su intención de eliminar físicamente al empresariado (la burguesía) y a su “brazo armado”, las Fuerzas Armadas. Si se tiene en cuenta, además, que nunca demostraron arrepentimiento por sus intenciones y actos, luego, necesariamente se debe concluir que sus testimonios no están dirigidos a buscar justicia sino al primigenio afán de eliminar a sus enemigos de clase. De allí que, parafraseando a Clausewitz  y a Lenin, se podría afirmar lo que surge  como obvio: “que los procesos judiciales argentinos por crímenes de lesa humanidad son la continuación de la guerra -de clases- por otros medios”. Circunstancia ésta que, a su vez, podría o debería ser considerada “crimen –imprescriptible- de lesa humanidad” por otros jueces y fiscales.


Los optimistas sostienen que la Justicia aunque tarde, finalmente, llega. Ese día, los perseguidos sobrevivientes y sus familiares y amigos sabrán decirle, a los políticos, a los sacerdotes –incluido el papa Francisco- y a los intelectuales de su país y del mundo: ¡Qué poco les debemos!

NOTA: Las imágenes no corresponden a la nota original.