sábado, 14 de febrero de 2015

ES ESTA DEMOCRACIA

por Hugo Esteva 

Nada cambia. Todo sigue su curso hacia lo peor. Y va a seguir así, a menos que un sacudón drástico reoriente la historia de la mitad del mundo a la que pertenecemos y de la que somos un Finisterre a veces olvidado, a veces demasiado presente, a veces hasta anticipatorio.

Pero el asunto es que nadie –por lo menos entre quienes se supone deben tomar las decisiones–quiere hacer el diagnóstico de esta enfermedad grave. Y si lo hace, se cuida de averiguar la etiología, es decir la causa.

Es así como uno ha oído pronósticos terribles provenientes de todo el espectro político –salvo de los circunstanciales gerentes del poder mientras están en sus puestos, claro–; pero ninguno se atreve a señalar a esta democracia, agente causal de la desgracia colectiva. Al contrario, todo el mundo se ocupa de ponderarla, todo el mundo se cuida de no caer en el “delito”, hoy codificado, de hacerle la crítica. Y, si somos honestos, deberemos reconocer a esta “democracia” detrás de cuanta postura pueda haber hecho daño a la patria desde antes de su fundación.

Valga para mostrar cómo se ha abusado desde siempre de la sagrada palabra, la siguiente abreviada cita del magnífico libro de Francisco Hipólito Uzal sobre Martiniano Chilavert, “El fusilado de Caseros” (Ed. La Bastilla, pág. 337): “Una última consideración sobre esta carta (de Alberdi a Chilavert): de ella también se desprende que los adversarios de  Rosas –aunque los hechos demostraron que lo fueron más de la Confederación Argentina se apoyaron fundamentalmente en la ayuda exterior. Y que esta ayuda del extranjero provenía de dos grandes naciones monárquicas –Inglaterra y Francia y del Imperio del Brasil… Pero la historia oficial ha llamado siempre “democráticos” a los adversarios de Rosas… Aunque en importantes casos, sus más destacados representantes… hayan sido aristocráticos y hasta monárquicos. Y como si no fuera posible, asimismo, la existencia transitoria de una dictadura democrática. Porque eso fue aquel Gobierno, de ancha base popular.”

Lo grave ahora es que a ninguno de los que tiene cierta capacidad de decisión se le pasa por la cabeza que pueda existir otra forma de gobernar a una nación que no sea esta cerrada democracia de partidos. Y, si por error se le ocurre, “calla para siempre” para evitar caer en el denuesto o en el delito con que se sanciona a los herejes de la religión democrática. Porque –y más todavía desde el atentado contra Charlie Hebdo– hay permiso para blasfemar contra todo, salvo contra la diosa del liberal-laicismo.

Cuando asomaban los años setenta del siglo anterior, dos hechos que hoy son parte inseparable de la hipocresía que nos dirige me llamaron la atención con novedad. Por un lado, casi de golpe, los mismos “zurdos gorilas” que hasta un minuto antes hablaban de proletariado y de campesinado con manifiesto acento foráneo en sus cabezas, empezaron a hablar de trabajadores, de pueblo, y hasta de pueblo peronista, con evidente artificialidad, pero con repetitiva frecuencia que los hizo acostumbrarse y que nos robó hasta las palabras. Por otra parte –y especialmente desde bocas radicales– se empezó a oír el término institucionalización. Yo no lo entendía, porque instituciones había, aunque muchas estuviesen manejadas por militares ineptos y/o por civiles vendepatria. Hasta que aprendí que institucionalización es sinónimo de puestos públicos bien pagos y negocios de privilegio con el Estado para los políticos de los partidos, sus cómplices y sus testaferros. He aquí el “combo” –robo en alma y cuerpo, mentira e instalación– de la democracia que fue derrotando al país desde entonces y, como vimos, desde antes.

A partir de eso todo está claro. Y la evolución de la Universidad de Buenos Aires es un ejemplo vivo aunque moribundo: dominada por democráticos “representantes” de los diferentes claustros, que habitualmente poco y nada saben de sus respectivas profesiones, ha ido cayendo en las más prácticas y vivarachas manos de los gremialistas locales, de quienes los profesores son hoy dependientes. Pero, lástima, no todos los gremialistas están en condiciones de instalar un puente, de elucubrar una ley, de investigar la ultraestructura, de operar un enfermo… Y mucho menos de enseñar todo eso como es debido. 

Por supuesto, si sucede semejante cosa con una institución que se supone debería estar a la cabeza del conocimiento, ya puede deducirse lo que pasa con el resto: la enorme mayoría de los políticos y sus funcionarios acomodados –expertos sólo en calentar sillas durante discusiones inútiles– no tiene idea de lo que debería ser su trabajo, y el resultado está a la vista. Tan mal funciona todo que la “gestión” se ha transformado en una bandera que reemplaza a las ideas. Porque, claro, a río revuelto, ganancia para quien por lo menos sepa “gestionar” un barquito salvavidas. Sí, eso mismo: pasa a ser primordial lo que debería darse por añadidura.

La democracia tiene su base en una mentira reconocida como tal, pero aceptada por todos: la voluntad de la mayoría es ley o, dicho de otro modo, la mayoría tiene razón. Esto, que podría ser una referencia para situaciones muy generales, es habitualmente un disparate cuando se trata de lograr soluciones específicas a problemas puntuales (ejemplos hay miles, pero seamos intelectualmente groseros y quedémonos con el de quién debe tomar decisiones en un avión averiado: la tripulación entrenada o la democrática mayoría de los pasajeros autoconvocados). Así, groseramente, sucede cuando se acepta que vale lo mismo el voto del que sabe que el voto del que no, el del burro que el del gran profesor; pero así somos también de groseramente democráticos.

Más en los tiempos que corren, cuando los medios de comunicación y el dinero necesario para acceder a ellos se han hecho imprescindibles moldeadores de los candidatos democráticos, “et si non, non”. Estoy seguro de que los teóricos dieciochescos del liberalismo no podrían haber imaginado que el sistema según el cual pretendían dirimir ideas iba un día a transformarse –tecnología comunicacional mediante– en un balance de tinturas, maquillajes, peluquines y cejas depiladas. Aun cargando con todo el error de su pensamiento “humanista”, difícilmente lo hubieran aceptado 

De todos modos, en nuestro país como en el mundo, la línea sigue su marcha: el centralismo borbónico nos impidió ser provincia y nos transformó en colonia, después el centralismo unitario frustró la reacción y destruyó la posibilidad de una república federal. Hoy vivimos la máxima expresión de ese centralismo unitario bajo un sistema de partidos políticos que paraliza a las provincias fundadoras y busca sojuzgar a la propia “capital federal”. 

No seamos estrechos: las cosas no son diferentes fuera de nuestras fronteras. Ni siquiera las naciones más viejas se salvan de este embate que borra las particularidades porque quien dirige el embate es el poder centralizador del dinero. 

Tras él, el hombre va cada vez desnaturalizándose. Baste el desorientado vaivén de las artes que cada vez tienen menos que decirnos. O baste saber que una civilización que mata como no lo ha hecho ninguna –incluyendo una inconmensurable matanza de inocentes–, sólo apunta su mirada “humanista” a la preservación de los animales y el ambiente; como si alguno fuera a salvarse mientras se pierde el hombre, que debería ser señor prudente de la Creación.

De todos modos –para que se entienda que no hago llamados a ninguna solución estúpidamente totalitaria de las cuales hemos tenido tanta muestra– estoy seguro de que aquí tenemos valores como para organizar una república genuina, que se nutriera desde lo particular a lo general, con lo cual ya se habría dado un gran paso hacia la independencia. Pero eso no es fácil ni está cerca. Sépase por ahora que el camino no pasa sólo por el diagnóstico. Hace falta eliminar la causa de tan grave entidad anemizante, y esa es esta falsa “democracia” pacientemente elaborada por los enemigos de la patria y de nuestra civilización.

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